Treme: arte y memoria

treme

[Indian Red – Danny Baker / Go to the Mardi Gras – Professor Longhair]

Hace mucho tiempo que vi por primera vez Treme, serie de David Simon (creador de The Wire entre otras magníficas producciones) sobre la vida de un puñado de personas en Nueva Orleans tras el Huracán Katrina en 2005. Entonces me quedé enamorado del ambiente, de la música, del digamos “espíritu” de la ciudad. Sobre todo de la música, de esa vibración que parece recorrer cada calle de la ciudad. Tenía ganas de volver a ella, y estoy volviendo a verla, y tal vez sea por esto (como suele pasar) que ahora veo matices, veo el fondo, veo otras cosas. La música sigue ahí, es una presencia imponente. Pero será que soy un poquitín más viejo y ligeramente más consciente de cosas que antes no veía (como suele pasar) que ya la música, aunque lo es todo, ya no lo es todo; que el ambiente, aunque es seductor, ya no me seduce de la misma forma; que el “espíritu”, aunque es el mismo, ha cambiado completamente.

Con la primera temporada sería suficiente: toca todo lo importante y se cierra bastante satisfactoriamente. Y va directo al grano, a uno de los problemas filosóficos (y vitales) más importantes del siglo XX: cómo seguir viviendo después “del desastre”. Ese desastre es multiforme. El ejemplo clásico es Auschwitz, central para la Escuela de Frankfurt (entre otros) como la manifestación del mal radical en el mundo en manos de los hombres. La pregunta que se hacía Adorno es “¿cómo podemos seguir escribiendo poesía después de Auschwitz?” Con esto se refería a que cómo es posible que las personas olvidemos algo tan horrible y que continuemos nuestras vidas en la más absoluta indolencia. Esto horrorizaba a Adorno. Y la cosa es que no podamos escribir poesía. Se entiende por lo general que la poesía trata de sentimientos, normalmente sobre amor o sobre cosas “más o menos felices” (pienso en la poesía bucólica), pero sobre todo de amor. Estas expresiones normalmente están atadas a lo inmediato, a emociones presentes, y suele preferir respuestas inmediatas, es decir, normalmente irracionales, no pensadas, centradas en la acción presente. Entonces, al escribir poesía olvidamos “el desastre”, y eso, en el caso de Auschwitz, es olvidar a los muertos, es olvidar el genocidio, lo que para Adorno (entre otros) es ser cómplice del desastre. Por ello, al escribir poesía (o hacer arte en general) o para poder seguir viviendo sin ser cómplices del desastre, hay que recordarlo, en todo momento, tenerlo presente, para que no vuelva a pasar o, por lo menos, para intentar ser mejores. Al igual que con Auschwitz puede ser con el 11-S o con la actual guerra en Siria con sus cientos de refugiados. Entrarían en juego muchos matices, pero lo básico ya está expuesto. Sin embargo, creo que la realidad puede ser bastante diferente, y que es en realidad el arte el que hace presente el desastre. Y Treme es el ejemplo perfecto.

HBO's : "Treme"- season 1 2009 Clarke Peters- Albert Lambreaux Rob Brown- Delmond Lambreaux Edwina Findley- Davina Lambreaux Tarra Riggs- Lula Pritchett Daryl Williams- Darius Walter Harris Jr.- Franklin Eddie Vanison- Memphis Ronnie Otto Dejean- George Cotrell

En Nueva Orleans y en Treme hay un factor distinto: el huracán no es un desastre humano, provocado por la mano del hombre. Es un desastre natural. Cuando hemos sido nosotros los que hemos hecho el mal, es fácil encontrar culpables y tomar la carga de responsabilidad del sufrimiento de otros. Pero cuando es un desastre natural, ¿cómo hacerse cargo? Volviendo a la pregunta anterior, ¿cómo seguir viviendo cuando ahora incluso no tenemos a quién culpar ni poder hacernos responsables de las acciones de otros? Obviamente, hay mala praxis por parte de muchos agentes distintos: los habitantes de Nueva Orleans culpan al FEMA (Agencia Federal de Gestión de Emergencias) y en general al gobierno federal de los EE.UU. de no hacer lo suficiente, y de que lo poco que hacen lo hacen mal. Pero al final lo que les queda a la gente de la ciudad es su relación con ella tras el huracán y la inundación, el tener que volver a vivir en una ciudad cubierta de barro y en situación de autonomía precaria.Porque tras el desastre queda la reconstrucción, y eso es algo que atañe a los que están “ahí”, entre el barro y el moho. Vivir después de Auschwitz es muy difícil, pero es imposible para los que vivieron Auschwitz. Primo Levi se suicidó, entre muchos otros, supongo, pero otros tantos siguieron viviendo. Y la gente de Nueva Orleans ha seguido viviendo. ¿Cómo?

Treme hila todo este problema a través de la música, a través de los músicos, y a través de ese ambiente popular, siempre festivo, que al parecer recorre las calles de Nueva Orleans. “Claro”, dirán muchos, “así olvidan, a base de fiestas, de adormecerse frente a los verdaderos problemas”. Pero no creo que sea de esta forma. Puede que en muchos casos sí, pero no todos. Y echando un vistazo a la animación del Mardi Gras, a los indios y los desfiles, el único momento en que Nueva Orleans parece abierta al resto del mundo, o el único momento en que el mundo pone su mirada en Nueva Orleans, parece que realmente se han recuperado, o por lo menos, ha pasado sobre ellos el Katrina como si nada. Pero la realidad, y es lo que muestra Treme, la gente de la ciudad, de los barrios, la gente normal, no lo ha superado. En todo caso, lo superan a la fuerza, por cabezonería, porque hay que seguir adelante; si te paras te pierdes en el cúmulo de problemas, si piensas las circunstancias te superan. Y esto es lo que le pasa a uno de los personajes más carismáticos: Creighton Bernette (interpretado por John Goodman). La familia Bernette es de las que menos sufre, la que menos pérdidas tiene, pero Creighton es un amante de la ciudad, y más le hubiera valido perder su casa durante la inundación, porque es su capacidad de reflexionar sobre todo lo que le rodea (no necesita luchar por “sobrevivir” como el resto de personajes”), a parte de su condición personal, lo que le hace hipersensible a las circunstancias de la ciudad. Y esto le supera con creces, más que a aquellos que han perdido hogar e incluso familia con el Katrina. Esto no significa que la gente haga fuerza por olvidar lo que ha pasado y seguir adelante a toda costa. No: ellos recuerdan constantemente, pero saben que el que se para, el que dejar de moverse, el que se para a recordar, cae. Esa era la estrategia también de los supervivientes de los campos de concentración: ocuparse a toda costa. Si estás en movimiento, tal vez la muerte no te vuelva a encontrar. (Tal vez por eso se suicidara Primo Levi: pensaba demasiado).

Aquí es donde la música juega un papel crucial, y en general la vida cultural. ¿Cómo pueden ir a desfiles, tocar y escuchar música, después de todo lo que han pasado, después de todo el trabajo de reconstrucción, después de sufrir en sus carnes el desastre? No pueden, sencillamente, pero ¿qué van a hacer? Llevan toda su vida “tirando p’alante”, no van a ser menos ahora. La diferencia está en que, mientras en su vida normal procuran vivir el presente, mantenerse aferrados al trabajo, a la familia, a la reconstrucción, en la música, en las celebraciones (en el arte), es donde pueden recordar sin peligro a caer. Tal vez no ocurra lo mismo con otro tipo de música, sobre todo de tipo comercial: es la textura de la música tradicional, la fatalidad que lleva de suyo el blues o el jazz tradicional. Lo mismo ocurre con otros género tradicionales de otras partes del mundo, los más cercanos, flamenco y fado, pero esa fatalidad inscrita en su forma no impide que, por ejemplo, sea alegre, que pueda calmar las preocupaciones de la gente desde la absoluta consciencia del desastre. Eso ha hecho desde siempre el blues, por seguir con el ejemplo de Treme: reconocer la fatalidad del mundo sin perderse en ella, reconocerla como algo que se enhebra orgánicamente, y en la que estamos enhebrados. En las celebraciones, los desfiles, la música callejera, las fiestas, la gente de Nueva Orleans está metida en el centro de la memoria. Cuando los personajes dicen (continuamente) que la ciudad “no volverá a ser la misma” hablan de que, a pesar de la reconstrucción, a pesar de que todo pasará y volverán a la “normalidad”, el desastre ya ha impregnado a los habitantes, y lo van a expresar a través de sus expresiones culturales, a través del arte, de la música. Porque la música se impregna de la personalidad de la gente, y la gente se deja impregnar de la personalidad colectiva. Y hasta que no muera el último de los supervivientes del desastre no se perderá esa faceta singular de la música, no desaparecerá la memoria viva, y seguirá estando presente el desastre (tal vez no del modo en que Adorno quisiera, pero presente).

Aunque no lo diga explícitamente, el arte lleva encima toda la memoria de su contexto, de quienes lo hicieron, y de quienes lo mantienen vivo. Cada nota que tocan o que escuchan los personajes de Treme les lleva al desastre. Y que la serie sea capaz de mostrar esto la hace muy valiosa. Estas sólo son unas notas, y no le hacen justicia realmente. Casi mejor es escuchar la música, y dejarse llevar por ese mundo.

French-Quarter-Street

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