Bichos filosóficos

[Elephant Revival – Birds & stars]

Bestiario[El siguiente texto se puede considerar un resumen más o menos elaborado de una charla con el mismo título a la que asistí en tiempos, muy interesante, por lo que me digné a escribir esta “reseña”.]

De todas las cosas sobre las que los filósofos pueden hablar, también hay que hablar del papel que han tenido los “bichos” dentro de la filosofía. El título es decididamente ambiguo. ¿Por qué “bichos” y no “animales”, por ejemplo? “Bichos” (o “Bicho”) es una palabra ambigua y bulliciosa, que nos hace pensar en un hormiguero, o más aún, en la plaga: carroña, o un millar de insectos devorando el patrimonio histórico, termitas devorando una silla Luis XVI, o langostas que arrasan cosechas sin dejar rastro. Porque, ¿qué es un bicho? La plaga está dentro del horizonte de posibles, como devastación del mundo. Los bichos son amenazantes. Miran desde más allá de lo humano. Pero “bicho” puede tener muchos tratamientos. Si hablamos de “El Bicho”, (aquí, en el sur de España) pensamos en el toro de lidia. O lo que es lo mismo, un bicharraco. Algo imponente y fuerte, asociado a lo bestial, soberano, lo brutal. La naturaleza como nobleza: los dioses están del lado del toro embistiendo. Pero si decimos “los bichos”, los insectos, están del lado del mal. Una persona que es un (mal) bicho, es alguien que es malo, bajo, con un cierto sentido de actuar desde las sombras, por la espalda, desde su pequeñez de bicho. Y, también aquí en el sur, existe el verbo “bichear”, u obtener información en el extrarradio, es decir, a base de subterfugios, desde lo ajeno. Aún así, “bicho” también se usa en términos familiares que da a entender una vida germinante, de cariño para con los niños, lo materno, el amante, como bichito, o bichejo, que hacen referencia a lo “abrazable” familiar.

Según la RAE, “bicho” se refiere a un animal en sentido despectivo, y lo que está más allá del margen de lo determinado. Como “un bicho cualquiera”: se refiere a una diversidad incesante, turbulenta, inclasificable frente a los humanos. Y lo filosófico no se ha llevado bien con los animales. Han salido pocos animales en la filosofía. Tenemos por ejemplo la gata de Montaigne; el pez torpedo de Platón (referencia de Sócrates); el águila, la serpiente, la vaca o el burro en Nietzsche; el lagarto al sol de Heidegger, etc. Pero son alegorías, no se preguntan si los animales sufren o tienen alma. Los animales aparecen como desprendidos, irrumpen en los textos filosóficos y “afectan” a la filosofía. Representan la animalidad, la corporeidad y los spiritus animales que nos recorren. Un ejemplo de ello son los bestiarios medievales donde las bestias fantásticas se confunden con el hombre, para explicar el mal (animal) en el hombre, como una manifestación de Lucifer. Y esto parece que hacen los animales cuando aparecen en la filosofía: muestran una escisión en la vida.

GrullaUn primer ejemplo de animal sí tratado filosóficamente, no como un objeto alegórico, como bicho filosófico con derecho propio, es la Grulla de los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautremont. Estos son unos cantos al mal, y la Grulla es la que da la voz de alarma frente al mal, hace que el resto de los animales den la vuelta. Esta ave representaba a Cristo en los bestiarios medievales. Es el animal más consciente, el que alerta a los demás y reconoce el mal. Los bichos aparecen cuando el límite se tambalea. A través de la zoología no se ha podido integrar al animal en el pensamiento, por el concepto científico del mundo, que excluye el pensar.

Otro animal es el Delfín de La Fontaine, un animal bonito, y del que el hombre tiene una buena concepción. Pero este Delfín es un delfín cartesiano, y La Fontaine advierte un desprecio del razonamiento por el animal, todo esto en su fábula “El mono y el delfín”. En esta fábula, tras un naufragio, un delfín salva a un mono tomándole por un hombre, y cuando el Delfín le pregunta que si es de Atenas y si frecuenta el Pireo, el mono, creyendo que el Pireo es un hombre, le dice que sí, que son muy amigos, a lo que el Delfín, viendo que ese “hombre” era estúpido, le deja en alta mar para que se ahogue. El Delfín se comporta como un hombre racionalista, mal para ser un animal; hace lo que un cartesiano haría, pero en realidad el Delfín es bobo. No es un hombre, porque no sabe responder: es una máquina. Actúa como un niño, se equivoca donde no hay equívoco. Es similar a las urracas y a los loros de Descartes en el Discurso del Método: hablan sin que un yo acompañe a su representación. Y nosotros somos cartesianos, porque popularmente se considera que los animales no piensan ni tienen lenguaje.Delfin

Pero si cabe, el bicho más importante y más filosófico tal vez sea la Garrapata, por razones más que interesantes. La Garrapata, arácnido vampírico que espera. Tal vez uno de los animales más desagradables que conocemos. Su labor y vida es esperar, espera su momento en la hierba, depredador pasivo, espera que pase la presa y se deja caer. No es un bicho filosófico por ser capaz de fundar una antropología o una ética trascendental, sino porque recorta el mundo a su medida. Sólo se afecta por luz, olfato, y temperatura; se oculta en medio del bosque y actúa en función de lo que puede. Nada está más alejado de la Wikipedia, porque no se debe saber todo para ser bueno. Así, los artistas componen alegorías conceptuales cuando en realidad no saben nada, pues no actúan en relación a sus capacidades, sino en relación a todo lo que les rodea: creer que se tiene que estar a la altura del mundo, cuando es el mundo el que tienes que poner a tu altura. Este es el sentimiento garrapatero. El filósofo tiene que mirar a la Garrapata y hacer una especie de “ciencia de la caída”, una nueva forma de hacer filosofía, donde no se fuerza la reflexión, sino que llega cuando es su momento, y sobre eso, el filósofo se lanza, cuando llega su momento, saber actuar en la medida en que se pueda, y sorber la sangre hasta que se haya captado todo lo que se pueda. La Garrapata nos enseña que la tarea del filósofo es casi una tarea de francotirador: esperar el tiempo que sea necesario hasta que el objetivo aparezca y con un solo movimiento beatífico llevar a cabo su trabajo, y nada más. Hasta aquí, unos pocos bichos filosóficos.

Garrapata

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