El Diablo en mis Hombros

Todo mi escritorio lleno de papeles, de libros, de chismes. Quisiera gritar. Quisiera lanzar un grito descarnado de esos que hacen llorar a la ciudad. Quisiera tener el arrojo de descargar mi alma con un alarido que quiebre las páginas de las mayores historias jamás contadas. Quisiera no ser observado por todo lo que me rodea, y así mejor gritar. Todo mi escritorio, lleno de papeles, de libros, de chismes, son miradas acusadoras, y salvaguardas de mi desdicha, de mis gritos silenciosos. La ajadas cuerdas de mi guitarra han sentido el dolor del clamor y quejido quedo que guardo. Quisiera que no me observara, que me dejara sólo, y tal vez así tener el valor suficiente para bramarle al mundo. No espero respuesta, no espero consuelo. Únicamente espero descansar.

Pesa. El diablo pesa. Nunca me han gustado los sitios luminosos. Prefiero por lo general, las sombras, luces indirectas, oscuridades que se abren a muchas posibilidades. La noche es mucho más sugerente. Pero también más desconsoladora. No hay tristeza más descarnada de no estar… ¿me rebajaré a una rima fácil y a un tema tópico? No, creo que ya ha pasado mi tiempo. Apuro hasta la última gota esta copa de cinismo, y me desespero por el silencio donde sé que debe haber ruido. Me susurra el diablo, émulo de Pepito Grillo, instigándome a mentir. ¿Mentir? Sí. Mentir contra la luz a favor de las sombras. Dejarme ver sólo el color real de las cosas a través de unas gafas ahumadas. “Borra todos los colores si no son de verdad”. Y yo, ávido de esencias, confronto al negro todo el espectro cromático, y se vuelve espectral. Y cada vez mi hombro derecho se hunde más de un diablo saciado y rollizo por mi reverso tenebroso.

La esperanza me conduce a la ilusión, la ilusión a los sueños, los sueños a la irrealidad, y la irrealidad al conflicto con la realidad, la realidad hace del sueño vana imaginación, la vana imaginación hace de la ilusión decepción, y la decepción lleva a la desesperanza. Y en mi bastión de contingencias, me diluyo. “¿Por qué no crees que haya universales?””Haz criba y lo sabrás: acaba todo siendo relativo”. Frunzo el ceño y una vocecita me llama a la rebelión: “Es inútil, deja de pensar en ello. Lo que tienes que hacer es destruir y ser el primero”. ¿El primero en qué? Un abrazo basándonos en la experiencia del espacio según Kant, es el querer atrapar la esencia de otra persona en uno mismo, el clásico “ser uno”. Pero da miedo, tal vez esa persona que se quiere tener tan cerca, al amago, desaparezca. Y yo no quiero eso.

¿Qué quieres de mi, diablo? Hace mucho tiempo que no aparecías por mí; es más, la última vez yo fui el que te reclamó. Y qué inconsciente era y qué adolescente. Pero ahora vienes a mi. Sólo veo una razón… Pero ella no tiene la culpa. Puede que sea yo. Puede que me estés perdiendo. Igual… suena descabellado, pero igual he cambiado, y quiero otra cosa. No lo sé. Quiero gritar, ver qué queda, y necesitar un abrazo. No me queda más que esperar, con todo mi escritorio lleno de libros, de papeles, de chismes, sin consuelo.

 

“No te confundas. Sigues siendo mío.”

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