Contra los “clásicos”

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Libros, porque, ¿de qué cosa voy a hablar si hablo de “clásicos”?

[Comfortably Numb – Pink Floyd]

Últimamente, no sé muy bien de dónde surge, hay una especie de obsesión con la lengua y con lo que ella implica. En particular parece que el castellano (creo que ya expliqué en algún lado por qué prefiero llamarlo “castellano” en lugar de “español”) y la cultura que acarrea se está viendo asediada por todos lados y peligra peligrosamente su existencia. Está esa hipersensibilidad por la ortografía y la gramática (a veces comprensible y necesaria, otras absurdas reclamaciones) o la “amenaza” que para muchos supone el inglés o incluso el catalán en el contexto nacional. Con respecto al inglés en concreto, soy de los que opinan que obligar a aprender inglés desde la cuna no es la forma de acabar con la ignorancia ni de dar más oportunidades laborales a la gente. Que el inglés sea por contingencias históricas una lengua franca no implica nada. De hecho a mi me gustaría que el castellano se convirtiera en lengua franca, por el simple hecho que es la tercera lengua más hablada del mundo de forma nativa (aunque esto es variable por temas coloniales), y porque nuestra cultura es rica y variada. Dicho esto, no quiere decir que odie el inglés ni que no quiera que se imparta en España: al contrario, mientras más lenguas se aprendan y se sepan mejor, y mientras mejor se hablen mejor todavía, porque nos permite acceder a un mundo cultural inimaginable. Por eso yo, aparte del inglés, también sé alemán, y estoy o quiero aprender ruso, danés, árabe, gaélico, francés, italiano y los que me echen encima.

Pero, ahora vamos a la cuestión que me trae aquí, que son los llamados “clásicos” y el problema que tenemos con la lectura: que si en España se lee poco, que si es por culpa de la pedagogía de la lectura, que si en otros países funciona mejor, etc. Básicamente hay defensores de “nuevos” modelos de pedagogía de la lectura que lo que quieren es sustituir (más o menos) las tradicionales lecturas escolares de “clásicos” españoles (ya sabéis, quijotes, lazarillos, galdoses, doroteas y demás) por otras lecturas más “modernas” (más actuales) que sean m´ás accesibles a la lectura, y que no sean necesariamente textos españoles. Así lo que se invita es a la lectura por placer, no a la lectura obligada para conocer tu cultura, y a partir de aquí ir introduciendo otras lecturas. Eso dicen, en términos generales. Después están los rancios que dicen que no, que hay que leer a los clásicos españoles, que cómo se puede sustituir en nuestros planes de estudio al ingenioso hidalgo don Quijote por el Harry Potter de los cojones. No vamos a cambiar nuestra precisamente rica cultura por lecturas de tres al cuarto que en veinte años ya nadie leerá. Bueno, pues en este caso me tengo que posicionar parcialmente a favor de los que pugnan por cambiar a los “clasicos de siempre” por los “clásicos modernos”. Obviamente, con leer no basta, y el “al menos lee” es una estupidez, porque no importa la cantidad sino la calidad de la lectura. Y creo que no son estúpidos los que proponen estas cosas. Pero sigue habiendo algo que me escama y voy en contra de los rancios nacionalistas literarios, que viene a ser el concepto de “clásico”.

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Virgilio y Dante, antiguo y moderno

A ver, el argumento de los chovinistas literarios no tiene que ver con la pedagogía de la lectura, tiene que ver con el “valor” histórico que se le ha dado a una literatura escrita en un determinado idioma, el castellano, y que forma lo que se podría llamar el en términos generales nuestro bagaje cultural literario inconsciente colectivo. Esto es, los texto de El Quijote o de Don Juan Tenorio forman parte de nuestro imaginario colectivo aunque no los hayamos leído. Dado esto, se articula como un valor por sí mismo el conocimiento de estos textos porque, ¡demonios!, forman parte de tu tradición, es tu deber conocerlos. Y no digo que esto esté mal. Lo que está mal es tomar un puñado de títulos elegidos por la contingencia intelectual histórica como obelisco de toda la literatura (en este caso) nacional, y que se haga de ello caballo de batalla para un chovinismo cultural que no es más que una opresión clasista de la cultura como son los “clásicos”. Me explicaré.

La palabra “clásico” viene del latín “classis”. Esta palabra latina tiene varios significados, como por ejemplo “sección de la armada” (una “classis” es una flota). Pero también era una convocatoria del pueblo romano a la acción militar. Cuando el pueblo acudía a esta llamada era agrupados en grupos o “clases” que se diferenciaban por los recursos financieros de los que disponían para costearse el material de guerra, Antes de la profesionalización del ejército romano sólo aquella “clase” que se podía permitir el material militar acudía a la guerra, por eso a la larga se asimiló a la “clase pudiente” con la “clase militar”, como una división social de hecho. Dado que la división administrativa de los ciudadanos dependía de los ingresos, el término “classicus” (que viene a significar “de la primera clase”) se usó para designar a los ciudadanos de más “valor” para la república, y metafóricamente, pasó a señalar todo aquello que era propio de la clase pudiente, entre otras cosas a la literatura que consumía. Aquí está mi punto: los clásicos son un invento de la clase dominante, y hay que “librarse” de ellos (al menos del concepto).

Voy con dos argumentos al respecto. El primero es un poco vano, pero me hace gracia, y dado que es vano, por eso va primero. Es una tontería temporal. Los clásicos son un invento siempre “progresivo”, es decir, que van adelante en el tiempo, nunca hacia atrás. Dicho así suena a estupidez, porque resulta que para los humanos la flecha del tiempo va en una sola dirección sin pausa (cosas de la percepción subjetiva, leed a Kant). Pero pensadlo un momento. Los clásicos son construcciones intelectuales de la clase dominante de cada época: se suele decir que los “clásicos” son clásicos porque contienen valores universales y atemporales. Esto es una memez. Es obvio que nosotros podemos leer y disfrutar la Ilíada tanto como en el Siglo de Oro, pero eso es porque nuestra identidad cultural la incluye, porque somos herederos de la cultura que compuso la Ilíada. Del mismo modo podemos leer y disfrutar “clásicos orientales”: porque podemos alcanzar a entender una cultura pasada que se puede integrar en nuestro presente. Pero, ¿acaso Virgilio o Dante podría leer y comprender Ulises de Joyce o En busca del tiempo perdido de Proust? ¡Y son clásicos! Puede que este argumento sea una tontería, pero me lleva al siguiente.

Este es el segundo argumento: Los clásicos son una construcción de la clase intelectual dominante. Es decir, no representa o sólo representan parcialmente la cultura de la época. Los clásicos son aquellos que se han decidido en su momento que sean clásicos. Y todo por contingencias históricas. ¿Os imagináis, por ejemplo, que las obras de Platón hubieran desaparecido y sólo se conocieran fragmentos, como de otros autores? O que no se introdujeran en Italia durante el Renacimiento por la caída del Imperio Romano de Oriente. El éxito y el seguimiento en un determinado momento histórico, o su recuperación a posteriori, es lo que ha constituido a los clásicos, no su “valor intrínseco”. No hace falta más que observar todas las obras “pérdidas” que posiblemente fueran de igual o mayor calidad que las que se han constituido como clásicos. O de esos textos que se recuperan actualmente y salen titulares en plan “el descubrimiento de estos evangelios perdidos atentan contra las bases de la Iglesia y el Vaticano intenta ocultarlos”. Chorradas. Precisamente la Iglesia Católica es una de esas instituciones que a lo largo de toda su historia ha decidido qué es clásico (canon) y qué no, y a no ser que después de dos mil años por otra contingencia histórica se popularicen todos esos “escritos apócrifos”, no va a cambiar nada. Han sido las élites intelectuales las que han decidido qué es clásico y qué no, porque eran ellas las únicas con la capacidad de decidir qué lo era: eran los que sabían leer y escribir, eran los que se relacionaban con el poder, y, por lo general, actuaban detrás del poder. Y era la clase dominante la que decidía. Nunca el pueblo llano ha decidido qué era un clásico. Tal vez hasta ahora, que ya sí tiene la capacidad de producir y consumir su propia cultura, y lo que es más importante, de mantenerla. Porque cultura popular ha habido siempre, pero el mantenimiento y la difusión no solía ser demasiado grande. ¿Acaso no es más universal esa historia corriente que cuenta exactamente lo mismo a lo largo de los siglos en un pueblo y que se va transformando acorde a las necesidades concretas del momento? Bueno, no lo sé con seguridad, pero lo cierto es que hay un substrato que se suele mantener inalterado. Y sobre esto hay muchos estudios (Burke, Ginzburg, et al.).

Recapitulemos. Mi crítica a los clásicos viene del hecho de que se está ensalzando una cultura que no se ha elegido, que ha sido impuesta por la clase dominante en su contingencia histórica. Y lo peor es que ahora, sabiendo esto y teniendo acceso a una cantidad ingente de conocimiento, se sigue imponiendo una cultura que sí, es bagaje nuestro, pero que no se tiene por qué compartir activamente, de la misma forma que un campesino castellano del siglo XVII pudiera participar del relato del Quijote pero ni lo conociera ni le interesara. Y que conste que no estoy en contra de los clásico “concretos”. Al contrario, al igual que con los idiomas: mientras más se conozca mejor. Y me he leído el Quijote, el Lazarillo, y el Buscón; he leído a Baroja, a Machado, a Azorín, a Unamuno; he leído incluso a Meléndez Valdés, un poeta ilustrado olvidado (como la mayoría de nuestros ilustrados). Y creo que es bueno leerlos, pero no como una imposición ideológica de la clase dominante que establece lo que es cultura de lo que no, que establece los “clásicos” frente a… no sé, tal vez entre dentro de la categoría de “subliteratura”. Hay que leer de todo, pero sobre todo hay que leer de forma crítica. Eso es lo que hay que enseñar.

Este es mi breve alegato contra los clásicos. Se podría extender a una crítica del gusto, pero mejor lo dejo. En resumen, para todos esos chovinistas que dicen que “hay que leer” el Quijote con doce años les sugeriría algún curso de historia de la literatura castellana: hay un mundo que no conocéis más allá del ingenioso hidalgo.

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Y podría hablar de otros clásicos, ¡pero no tengo tiempoooooo!

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