Finis Austriae

[Tom Waits – Fumblin’ with the blues]

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A pesar de la mala precisión del título, creo es bastante explicativo. El discurso que quiero lanzar a continuación no es nada novedoso, como en realidad la mayoría de cosas que atañen a los hombres. No es tanto una despedida como un acta de las cosas que han ocurrido, y desde ahí, mirar hacia lo general. El caso es que, después de aproximadamente cuatro años de participación en la representación estudiantil, tanto en la Facultad de Filosofía como en la U.S. en general, y los mismos como coordinador del Aula de Cultura de la Facultad, lo dejo. Ya venía yo quitándome cosas, pero ya sí que he terminado. Presumiblemente termino la carrera, y es hora de cambiar de aires. Lo cierto es que en realidad no es por eso, hay más cosas. La primera reflexión que me asalta es la forma de dejarlo: de golpe, como salir corriendo de una casa en llamas. No estoy descontento del trabajo realizado estos años, y he pasado muy buenos momentos y muy satisfactorios haciendo un trabajo en el que no esperaba recibir nada a cambio. Pero llega un momento en el que sientes que no tienes más que ofrecer, que los mecanismos que conoces, que la forma en que realizas tus funciones son insuficientes, o simplemente no dan más de sí. Y no vale intentar aprender cosas nuevas, pues el marco en el que te mueves es muy concreto, y no se puede transformar, por ejemplo, un Aula de Cultura en una Asociación Cultural. Los mecanismos no es que dejen de ser efectivos (si es que alguna vez lo han sido), sino que en tus manos se han agotado. Ya no tienen muchas cosas la frescura del comienzo. Y aunque sigas haciendo lo mismo, no se siente de la misma forma. Es el peligro de convertir la pasión en costumbre. Por eso lo mejor es, si nos damos cuenta de esto, dejarlo. Yo no puedo dar más de mi, y menos a algo que me consume tiempo y motivación a pasiones todavía vivas. La cuestión fundamental aquí es “¿por qué una pasión se convierte en costumbre?” Joder, si es una pasión, debería seguir siéndolo si se alimenta. En algunas ocasiones simplemente nos equivocamos al evaluar algo como pasión: tiene el contenido de aquello que nos atrae, pero realmente no es eso. Pero, si es algo que de verdad te llama, ¿cómo es posible que se acabe rechazando?

En el caso de la representación estudiantil las causas son bastante… tangibles. A la larga, como en todo, sí que es cierto que se consiguen cosas. Pero mantengo la duda de si es porque cada vez más estudiante se suman a las filas de la lucha por una serie de derechos no reconocidos, o si es por la cabezonaría de unos pocos “representantes”. Existe cierta mala prensa, coreada sobre todo por algunos grupos de dudosa honorabilidad. Pero la honorabilidad es algo que ya no se estila, así que… Uno, metido dentro de un movimiento estudiantil, llega a pensar “pero, si esto es lo bueno como YO CREO que es lo bueno, ¿cómo es posible que la gente no haya llegado a las mismas conclusiones que yo?”. Y si nos centramos en este substrato fundamental, no habría discusión. En parte es una visión pragmatista: se hace lo que sea mejor y se pueda llevar mejor a cabo, no importa qué vaya impreso en la acción. Pero es imposible sacar la ideología de todos los vericuetos en los que se ha colado. Abrumaría la cantidad de discusiones bizantinas que he vivido en el seno del movimiento estudiantil. Es algo que desconsuela. Las pegatinas y los eslóganes se suceden, el calor es insoportable y las asambleas son demasiado largas. (Un pequeño paréntesis: todavía no se ha encontrado un sistema de democracia participativa que no canse). Lo peor es que siempre se gira sobre lo mismo. “¡Pero, joder, Acho -me dirá alguien-, es que los problemas son los mismos, y si no se solucionan, habrá que seguir trabajando!” Lo sé y lo asumo. Igual es la filosofía. Pero el método de trabajo requiere de una energía ingente. Y al tratar de problemas insolubles a corto y medio plazo, muchas veces nos encontramos estirando los brazos hacia un horizonte que no se deja atrapar, estirando y estirando hasta el más desesperado dolor. Porque la lucha política, como es realmente la de la representación estudiantil, no es algo para lo que una vida dé demasiado de sí. Por lo menos la vida estudiantil. Si mañana termino la carrera, ¿qué me importa a mi ya eso? Sigue importando. Pero agota. Sobre todo desde el momento en el que se abusa de las energías de uno mismo, y aparentemente los esfuerzos no tienen respuesta.

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Sin embargo, hay mucha gente trabajando en la representación estudiantil. Y el trabajo es un trabajo de grupo, un trabajo que sólo se entiende desde la colaboración. Pero las Aulas de Cultura están solas. Por lo menos ahora. Un Aula de Cultura es un espacio extraño, que no pertenece a una facultad más que como espacio físico integrado, pero no tiene potestades ninguna sobre ella. En todo caso, depende de un organismo de la universidad que por lo único que se interesa en ellas es cuando salen unas Ayudas para las aulas, y poco más. No existen conexiones entre las aulas de distintas facultades, por lo menos “oficial”. No existe una comunicación seria. Y quien se dedica a un Aula de Cultura lo hace para construir pájaros de aire, pues su función no atiende a unas manifestaciones de un sentir común, unas reivindicaciones y esas cosas. Es simple fomento de actividades culturales. Pero, ¿quién las organiza? ¿Es entonces el Aula de Cultura una especie de “promotora de eventos”? Quienes trabajan en las Aulas de Cultura son alumnos. Es decir, su tiempo y dedicación irá en detrimento de su carrera. Además, nadie te enseña nada acerca del funcionamiento de estos espacios. Si consigues que un Aula tenga una amplia oferta de actividades será porque en parte has abandonado tu carrera académica. Todo esto lo digo por experiencia. El agotamiento es el mismo que en la representación, pero con el fin retirado de estar en un proyecto sólido. Es complejo. Tal vez la “soledad” que he sufrido a la hora de organizar cosas ha sido algo excepcional. Resulta descorazonador que tras mucho esfuerzo, de hacer carteles, difundir las actividades, hablar con gente, preparar cosas, gastarte dinero propio, el llamamiento caiga en saco roto. Un Aula de Cultura si existe es para los alumnos. Sin alumnos no tiene sentido que haya un Aula de Cultura. ¿Qué sentido tendría entonces desperdiciar ese espacio? A pesar de todo, unos pocos gastamos tiempo en hacer de esos espacios un lugar acogedor abierto a la literatura, los juegos, la música, el debate, y todas esas cosas que permitan a muchos despejarse un poco del sofoco de la carrera. Uno no se mete en estas cosas por la fama o el lucro. Yo no hago las cosas para que la gente ponga por delante el agradecimiento al disfrute. Y aún así a uno se le encoge un poco el corazón cuando queda el último para recoger y nadie ha soltado unas palabritas de gratitud. Es una tarea muy solitaria. Nadie tiene por qué acordarse de ti. Y si se acuerdan, será por alguna cagada. Es, como se suele decir, como la CIA: el mundo conoce las cosas que hacen mal, no las que hacen bien. No dejo todo por desesperanza. Más bien, por lo que ya he dicho más arriba: en el páramo que aparentemente son estas cosas, yo ya no puedo seguir cavando. Mi trabajo no será nunca más efectivo. Y estoy contento de haber llegado a la cima de la actividad. En la última Semana Cultural, de la que apenas han pasado tres días de su finalización, considero que hemos tenido el mayor número de participantes desde que yo estoy metido en estas cosas. Creo que he hecho un buen trabajo. Pero no puedo hacer nada más que sea substancial. Es momento de que otros choquen con la pared contra la que yo choqué hace mucho, y a fuerza de golpes se acostumbren a su textura. Hasta que la acaben conociendo de tal manera que ya no sea una extraña, y la puedan querer. Qué hermosa pared, y qué dolorosos moratones. Al final, con cualquier pasión, nos arriesgamos a que no funcione, o, por lo menos, a salir algo doloridos. Pero no es malo. La pasión se puede renovar: me encantaría montar algo tipo asociación cultural, o simplemente hacerme promotor cultural. Con el mismo objeto de pasión, se sacan nuevas aventuras. Todo sea por la cultura.

¿En manos de quien quedará esa cultura ahora huérfana que se empolilla en un aula de mi facultad? Pocos se aventuran, pero siempre hay alguien que continúa el legado, por exiguo que sea. Siempre habrá un estudiante rebelde y descontento; siempre habrá un estudiante cansado de leer manuales que dé vida al Aula de Cultura.

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2 pensamientos en “Finis Austriae

  1. Es un pena, pero a la vez es entendible. Para mí tu eras el mastil central de ese barco. Es más, tanto el aula de cultura como delegación las relacionaba contigo. Has hecho uno de los mejores trabajos y más duros. Muchas veces sólo sacabas sufrimiento y agotamiento, pero aun así le sacaste partido por los demás, haciendo que también tuviese sus bueno momentos.
    En fin, vas a seguir siendo super importante, al menos para mi <3! Es hora de que te tomes un descanso y hagas deslumbrar de nuevo tu pasión en otra dirección, las cosas siempre son así, hay que avanzar.
    PD: Siempre me encantará cómo escribes, ya sea para escribir una "carta de despedida" o una receta de cocina. Tienes el arte en las venas <3!!

    Muchos besitos!!

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