El Nudo Gordiano (Capítulo Primero)

[Erik Satie – Six Gnossiennes]

Gordian knot_Jesse Scaturro Sculpture

Gordian Knot. Jesse Scaturro. 2008

[El texto que sigue a continuación es el primer esbozo y notas para un primer capítulo de un proyecto de novela titulada “El Nudo Gordiano”, en la que espero poder ponerme a trabajar en serio lo antes posible.]

Fui de por vida marcado por una fecha, que son varias, a fin de cuentas. Parece como si ciertos momentos se articularan en un continuo, repitiéndose, aunque sea en la retina. Y puedo ver a través del tiempo. Y a solas, me espanta.

Lo que os quiero contar a continuación es una pequeña historia -propia, mía, real- que trata sobre lo inextricable de los destinos humanos. No quiero ser fatalista ni trágico: es mi punto de vista. Por experiencia, por poca que sea, me he dado cuenta de ciertos esquemas que se repiten, de palabras, que con mayúscula, pesan mucho. A fin de cuentas, esta es una historia contada por un post-adolescente; no debiera hacérsele mucho caso. Y bien dicen que de joven es absurdo escribir poemas de amor: escríbelos cuando tengas ochenta años, dicen. Pero tal vez, sea esa viveza, esa pasión, lo que le dé cierto valor a esta historia.

En la juventud, se estetiza la vida, y lo que en la imaginación del viejo son fantasías de ninfas y héroes románticos, en la abigarrada mente de un joven se dan verdaderas en el mundo, y el muchacho es un Lord Byron viajando y muriendo en Oriente. Respecto a eso tengo un problema, una cruel confrontación estética: no quiero que mi historia peque de romanticismo en el sentido peyorativo, pero las manos se deslizan solas por el teclado, y me obligo a rectificar. Se mantiene en tensión la fría racionalidad con lo cálido de los sentimientos.

Ahora toca introducirme: Me llamo Alejandro, y soy hijo de los decadentes 90’s. Crecí en la gran ciudad, aunque, la verdad, nunca he sentido verdadero apego por el ambiente urbano, que lo impersonaliza todo. ¿Qué ciudad? Pues, manque me pese, porque no soy muy patriota, sevillano, sin acento. Nunca he sido muy amigo de los amigos, y ellos de mi tampoco. Una infancia corriente a pesar de ello. La adolescencia es la que se complica.

Lo que viene a continuación es una breve reseña necesaria para entender la historia, y sobre todo, la razón de mi cansancio y agotamiento con respecto al mundo. Ocurrió hace un par de años o tres, o en ese lapso de tiempo, mejor. Digamos, y centrándonos ya en la historia, que tuve mi primera “relación seria”. Ya saldrán las voces críticas diciendo que esta es una historia típica y tópica. Llamo a esas voces a la calma, y a que vean cómo se desarrolla la historia.

Era un adolescente, un pre púber bastante anodino, con sus más y sus menos intelectuales. Ciertamente, no me consideraba (ni me considero) un cualquiera iletrado, pero como la vanidad erudita me puede poder, dejo ese aspecto aparcado. Era un adolescente realmente en el estricto sentido de la palabra. Vale que buscaba esa indubitabilidad romántica de haber encontrado el amor certero, el infinito que se tenía a sí mismo de fundamento: y nada más necesitara. Pero lo cierto es que lo que quería era mojar, y aunque con anterioridad ya había tenido algún affaire con contadas muchachuelas, no me habían “sabido a gloria”. No sé si soy un exigente o un miserable.

De repente, ese verano, la conocí. No hace falta decir su nombre, porque ahora resulta más convincente como una imagen plácida y nítida asentada sobre un colchón de luz de luna. Nos compenetrábamos. Tal vez sea la oscuridad de mirarlo con la lejanía del tiempo lo que me hace verlo tan claro. El caso es que sigo temiendo encontrármela por la ciudad, y cuando hablo de ella, de una forma sincera, a veces, se me sigue secando la garganta. Por supuesto que todo no fueron laureles y pañitos de seda. Pero, ¿qué queréis que os diga? Por muy cínico que sea, y por mucho que me guste la tragedia, de lo que verdaderamente se ha amado, sólo se quiere recordar lo bueno. Es la pequeña salvación, el pequeño cielo que se construye, y damos fe de que, pese a los desengaños, el tiempo vivido ha sido tal, y como tal, debe ser salvado. Por eso continuamos viviendo.

Sin embargo, ahora me toca ser trágico, porque si no esta historia no tendría sentido. Exigencias del guión. (Porque, no nos engañemos, todo lleva un proyecto).

Dicho de forma sencilla, y siguiendo la segunda ley de la termodinámica, todo sistema cerrado (de energía, se entiende) tiende a disolverse –sobre todo, si no recibe estímulos externos. La energía se diluye en el cosmos. Supuestamente se dice que la vida es un vórtice en la entropía, porque, pese a la oxidación de los cuerpos y la muerte, antes de que esto suceda se dejan vástagos por el mundo que continúan ad aeternum reiniciando el ciclo… por lo menos hasta que todo pete y desaparezcan todos los seres vivos. Pero esto debiera ser de forma violenta, porque si no, qué chasco de vida. En fin…

Respecto a lo que quería decir al principio, y resumiendo: de una forma u otra, pues como todo en esta vida, y en atentando flagrante contra la física aplicada libérrimamente a las relaciones humanas, aquella relación terminó de manera categórica, absoluta, tajante. Y no voy a explicar las circunstancias de cómo terminó, de quién tuvo la culpa, y demás. Mi confesión terminaría aquí por pena de mí mismo. No, lo que voy a comentar es el torrente emocional que va del antes, al después pasando por el durante hasta varios años después. Soy así de analítico. Hay que ser dramáticos hasta la exageración. Además, era un adolescente: mi deber era ser idiota.

Tal era el panorama: la amaba, aunque esta sea una proposición bastante discutible. ¿Qué es amar? ¿Sabe un adolescente qué es el amor? ¿Lo sabe un viejo? ¿Es posible aprehender la sensación pura de amar? Pamplinas intelectuales. Digamos que , y nos quitamos de preguntas chorras de relleno. Su ausencia me conmocionaba. E imaginaos cómo estaría cuando todo terminó: estaba desconsolado, e inconsolable. Y en mi obcecación y mi falta de oídos interesados, pues lo llevé en plan privado.

A ver, volviendo un poco atrás, la ruptura fue un poco, digamos, “abrupta”. Yo he visto en mi vida pocos campos de margaritas. Más bien cardos. En mi defensa quiero decir que prácticamente yo no me enteré que me había dejado hasta un par de días después, aunque, de hecho, eso no dice nada en mi defensa… En realidad no dice mucho de mí. Si me hubiera mandado un buro-fax comentando por encima su determinación, posiblemente lo hubiera archivado en “leer más tarde”.

Sí, me paso más tiempo persiguiendo al viento que queriendo ser persona. Pero aquello fue complicado. Era la primera vez que consideraba a alguien indispensable. Como veis, ya me voy caracterizando: un poco cínico, un poco sociópata, vamos, la sal de la vida. Y pese a ello, ella me aguantó. Bastante tiempo, por cierto. Y posiblemente a (por el) pesar de ello, pues fui empujado involuntariamente al abismo. Lo que se dice un “homicidio involuntario”, pero un homicidio metafísico, sin muerto… al menos no material.

Todo se llenó de sombras. Me sumergí en la Noche –tanto real como metafórica. Y recuerdo aquella primera noche. El amor perfecto es la más hermosa de todas las frustraciones, y es puro silencio. Frustrado y silencioso, no me anudé ningún cable de seguridad a la cintura, y me adentré en la selva del presente. Todo momento era perfecto. Y eso era horrible.

Me explico. Si vuelcas toda tu confianza en una cosa cuando antes nunca lo habías hecho, de repente dicha cosa coge tu confianza y se hace un salmorejo, ñam ñam, bien trituradito y bien amargo, bueno, perdonad que desconfíe. Y claro, si ya nada tiene sentido y sobre nada puedes poner tu confianza (y mira que te costó hacerlo la primera vez), ¿qué puede merecer la pena? Nada, por supuesto. Descartamos ya proyectos socio-emocionales. Lo que resta es dedicarse al presente hedonistamente. Desengañado de todo, todas las mujeres son unas zorras –y los hombres unos cerdos–, y el infierno son los otros.

Vagué por las calles de la ciudad durante muchas noches, asqueado, procurando destruirme poco a poco, porque soy demasiado cobarde como para acabar de golpe, y detrás de cada traspiés dejaba gotitas de mi alma desmigajada bajo los bancos de los parques. Y a veces, me sentaba horas viendo fermentar esas gotitas, esperando que algo ocurriera. ¡Por Dios, que pase algo!

Otras noches era distinto. Me quedaba en casa, encerrado en mi habitación despierto hasta que la aurora de rosados dedos cerraba mis párpados por la fuerza. Tal vez lo único bueno de aquella época que recuerdo sea que fui muy productivo. Alguno de mis mejores ripios se los debo a los dos primeros meses de destierro amoroso. Cuán fructífera es la tragedia.

Así, los siguientes meses fui fluctuando entre un creciente valor solaz público, y un vacío silencioso y tímido que crecía en mí. Tantos picos en mi vida me estaban causando estragos serios. Pero poco a poco me fui amilanando, y la bravuconería rodeada de gente perdió fuelle: no tenía sabor. Lo otro, aunque no mejor, se acercaba más a la realidad de mi forma de ser. Si bien el vacío nunca ha desaparecido del todo, se fue taimando, y tomando forma, dejando de ser un contenido vacío a ser una forma de entender el mundo. La rabia y la ira del comienzo dieron paso al verdadero desengaño, noviembrino y claustral.

Cual esquizofrenia volada, reía. ¡Bang! Una detrás de otra, las certezas asaltaban mi banco de intuiciones. Polaroids sepia retozaban en montones de hojas secas, cuarteando sus recuerdos; conceptos de los de miguitas de pan en el pecho alardeaban con miedo en los ojos; y una niña venida del calor se cuajó donde el alma habita. Sentía reventar mi glándula pineal. Y cuán difícil era sonreír.

Aquél pisito que haría las delicias de los enamorados fue el desierto seminal del ascetismo que arrancó en mí en aquellos días. ¡Miéntete! Qué me importaba a mí el resto del mundo. Convivía, toleraba, a veces incluso era amable. Pero era yo un ser al margen. Mi claustro socavado por los continuos envites de la Historia, la Verdad, la Idea, la Guerra, el Contexto, la Interpretación, era el refugio de un alquimista estéril. No sé dónde estaba en aquel entonces: tengo blancos donde debiera haber colores en mi mente.

No había un “basta”. El mundo, lo veía con mis dos espejos mágicos, a diario cortaba por lo sano y mataba al pasado. La magia de la Tabula Rasa. Pero la vida es la madera de debajo, y solemos apretar mucho el punzón, grabando en la tabla cada uno de nuestros errores.

El día que vi las medusas en aquellos árboles, y todo terminó por primera vez, creí haber cortado el Nudo Gordiano. Yo, Alejandro, salí “triunfante” de la Hélade, con todo lo que dejaba atrás, y me lancé a la conquista de Asia, la tierra de las mil naciones y otros tantos reyes. Y buscaba el fin del mundo. Yo, Alejandro el Grande, en un alarde de ingenio, decidí sesgar de forma definitiva ese embrollado nudo que estrangulaba mi cerebelo y me impedía moverme, andar hacia adelante. Un golpe de ingenio, un tajo de espada, un sesgo de vida, y hacia Babilonia.

Pero, ¡ay! cortar es la solución fácil. Pensé que más cierto que lo que dejas atrás, ciertamente atrás queda. Era historia. Pero frente a esta, está la Historia, que pesa, y determina el ser en el tiempo, o sea, lo que yo sea. El Nudo se genera y regenera continuamente. Cortar es un lapso momentáneo en que todo deja de tener sentido y da pie a construir de nuevo. Pero los cabos se unen: no hay vida sin sustento. Y no quieras desatar el nudo. No se puede.

El yugo que está atado con el nudo es el peso que no creemos llevar, y detrás, un carro cada vez más pesado. El Nudo Gordiano estaba ahí, y no puedes cortar con el pasado, con lo que eres. Y el nudo siempre es el mismo, e incluso se le añade nueva soga. Qué divertido.

Si siempre somos los mismos, ¿por qué no repetir siempre lo mismo? Hasta el más puro absurdo… ¡Qué sinsentido de vida! Y no tardaría mucho en averiguarlo. Alejandro ante el fin del mundo, sobre el Indo, a punto de descubrir la verdad más horrible de la existencia humana: todos somos unos traidores.

perfil-de-alejandro

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