Transformación de la narrativa del cine. Tras el terror.

[The impossible – Mike Dawes]

Efectos del terremoto de Haití

No hace ni dos días hacía un breve apunte en mi tumblr sobre las impresiones acerca del cine de catástrofes que tuve después de ver Godzilla (Roland Emmerich, EE.UU., 1998), y lo cierto es que es un tema que da para largo, porque no sólo afecta a una forma de hacer cine, o de contar una historia (en sentido vulgar), sino afecta a toda una representación y forma de ver los acontecimientos. Y, creedme, es algo interesantísimo e importante. Quiero comenzar remitiéndome, como ya hiciera anteriormente, a aquello que dijo Adorno de que ya no se podía escribir poesía después de Auswitz. Parecen unas declaraciones un poco fuertes. Quiero decir, se ha seguido escribiendo poesía y no ha pasado nada. Bueno, estas palabras de Adorno enmarcan una sutileza importante. Cuando Adorno dice esto se refiere a una forma de entender la poesía, o más bien, la literatura, la narración. El poeta siempre ha adolecido de inocencia. El poeta es ese espécimen que apenas si es humano, se encuentra a otro nivel, habla de otras cosas. Aunque hablase de eventos sociales, aunque fuese una “poesía comprometida” (otro tema peliagudo), el poeta siempre parece estar más allá, no se ve ni afectado ni manchado por la historia. El modelo de poeta pre-Auswitz puede ser Hölderlin, un poeta omnubilado por el infinito, por el “sentimiento oceánico”, a fin de cuentas, un romántico anhelante de totalidad imposible. Es decir, una poesía “inocente”, aunque suene peyorativo, infantil. Sin embargo, Auswitz supone la tragedia máxima para el pensamiento, pues es el desvelamiento del mal radical, la posibilidad genocida en cada hombre. Es la muestra radical de la barbarie, de las atrocidades que puede provocar la razón. Es la perversión máxima. Esta es una tragedia intelectual, casi podemos decir restringida. Es obvio que ahora conocemos que existieron los campos de exterminio, y que entonces, aunque no se conoció su alcance hasta muy tarde, y tampoco fue de un dominio excesivamente público (es decir, se mostró, pero no se publicitó, pues era una verguenza para la reconstrucción de Alemania), tuvo su afección sobre Occidente (a lo largo de todo el artículo hablaré primordialmente de Occidente), sobre todo en los intelectuales. Es decir, a partir de entonces, todo el que escribiera, todo aquel que pretendiera redimir o salvar a la humanidad con la escritura o con cualquier arte (recordemos que la poesía es eminentemente redentora), ya fuera marxista, poeta, o músico, no podía obviar Auswitz. Cualquier intento de mostrar o postular el progreso, la salvación del hombre como fuera, o simplemente la alegría, tendría como telón de fondo un campo de exterminio nazi. Eso no quiere decir que no se pueda seguir escribiendo poesía ñoña, naïf, que hable de florecitas, de amor infantil, o de días soleados en el campo. Se sigue escribiendo así. Pero es inevitable ver al fondo de un campo florido Auswitz como símbolo, de que la barbarie está presente, de que el terror llegó y no se puede extirpar. Como un viejo amor, que aunque superado, siempre queda como una espinita que a veces te distancia (te hace reflexionar) de nuevas oportunidades.

Vemos que todo esto afecta a la forma de contar las cosas, sobre todo al telón de fondo que hay que tener en cuenta a la hora de contar algo. En su momento, el cine no se vería especialmente afectado por esto, y en realidad, la mayoría de artes (artes de masas) no se percataría de esto. Auswitz fue una tragedia intelectual, no público ni masivo. Fue objeto de la reflexión, no de la emoción. Es un horizonte meramente intelectual (a pesar de los millones de judíos genocidados, lo siento). Y, muy a mi pesar, ya sea por los judíos o por otros pueblos, en lo que restó del s. XX no hubo ningún evento que “universalizara” este horizonte, y que hiciera partícipe al resto de hombres. Muchos me diréis “¿pero tú eres tonto? ¿Y Vietnam? ¿Y las masacres de kurdos? ¿Y los conflictos entre palestinos e israelíes? ¿Y E.T.A.? ¿Y el I.R.A.? ¿O Hiroshima? ¿O…” miles de cosas más. Sí, no niego esos hechos. Pero ocurre dos cosas con ellos: o son extra-occidentales y se ven desde un punto de vista paternalista y condescendiente; o son provincianos. No me quiero extender demasiado en esto. Por ejemplo, Hiroshima cambió a Japón de una manera increible, y su imaginario evolucionó de una manera brutal. Fruto de ello es el propio Godzilla (el bueno, el japonés). O la Guerra de Vietnam… por favor, esos malditos hippies no sabían qué se estaba cociendo allí. Protestaban contra el modelo de gobierno de los EE.UU., y aunque simplemente estuvieran haciendo una barbacoa en Saigón, iban a decir de todo. A los hippies les importaban un comino los vietnamitas. Ese tipo de catástrofes son cosas de fuera, cosas que en Occidente se han contado como se ha dado la gana. Realmente Occidente no vivió esas catástrofes. La vivieron unos cuantos occidentales, que después el estado olvidó en las calles con una paga miserable de veteranos molidos a palos. Lo mismo sudece con los terrorismos regionales dentro del propio Occidente. Un ejemplo muy sencillo: Cuando pensáis en el atentado de Carrero Blanco, ¿qué es lo primero que pensáis? “¡Jojo! ¡El puto coche saltó un edificio!” Se piensa en la anécdota, en lo que “ocurrió”, no en lo que “pasó” realmente. El hecho es que murió una persona (fuera esta un santo o un demonio), y posiblemente llevara un chófer que también murió (no lo sé). Lo mismo con otros similares. ¿A alguien le importó verdaderamente la muerte de Miguel Ángel Blanco o el secuestro de Ortega Lara más allá del “pobrecito”, “qué desgracia” y la anécdota? Afectó especialemente a los implicados directos. No estoy depotenciando sus muertes, al revés. Estoy diciendo que murió gente y a la masa no le importó. ¿Por qué? Porque “no iba con ellos la cosa”. A mi me puede importar que muera gente por el terrorismo vasco, pero la causa, tanto de unos como de otros, me la trae al pairo. Y muere gente, y no importa. Así han sido realemente las catástrofes y las miserias para el resto del mundo occidental. Pese al terror que pudieran inspirar, para el grueso de la población se quedaron más en el horror y en el morbo de la sangre y la muerte. Son experiencias privadas, morbosas, más cercanas al asco que a la angustia. Pero todo esto cambió con el 11S.

El polvo del WTC derrumbado se traga Manhattan.

En los albores del s. XXI ocurre algo que conmocionó a todo Occidente. Era la primera vez que ocurría algo así. La primera característica y fundamental es que fue un evento de masas: aunque dirigido a los EE.UU., se concibe como un ataque a toda la civilización Occidental. Es un escarmiento a Occidente, que después se ampliaría con los atentados de Madrid y Londres. Aunque el ataque fuera dirigido a EE.UU., su objetivo era todo Occidente, y esto se potenció aún más cuando, y es mi opinión, todo Occidente vio los atentados en directo. Cualquiera con acceso a un televisor o internet desde Moscú hasta Honolulu (y más allá) lo vio en directo. Fue un evento de masacre masiva, no por la cantidad de gente que muriera, sino por la cantida de gente que estaba pendiente de ello. Fue televisado y seguido por millones de personas impotentes ante lo que veían. Alguien dirá: “bueno, el Holocausto también fue masivo, fue un genocidio”. Sí, pero ni estaba dirigido a toda una “civilización plurinacional” (seamos sinceros, los judíos son una minoría y se masacraron como “raza”), ni fue televisada. El Holocausto fue un asesinato de patio trasero; el 11S una paliza en la puerta del mercado. Y había gente que lo estaba viendo incrédula, diciendo “es una película”, o los mismos que lo presenciaron allí mismo en Manhattan no sabían qué estaba ocurriendo. Lo que pasaba en las películas, de aliens, o catástrofes naturales, o guerras, o cosas extrañas que destruían las grandes ciudades de los EE.UU., estaba ocurriendo realmente. Y a diferencia de las películas, donde los protagonistas se desenvolvían muy resueltamente en situaciones extremas y había siempre un final feliz, la gente estaba perdida en su mayoría, y estaba muriendo. La tragedia intelectual, el desvelamiento del mal radical que supuso Auswitz, superó los límites del concepto y se instaló en la emoción de la gente común. Ya no era una experiencia privada e intelectual, ya no era un telón de fondo a la producción artística ( o a toda la vida). Ahora era un hecho que se marcó en la retina de millones de personas. El terror, transfigurado en mero horror por sus expresiones extra-occidentales y provincianas, tomó carta de ciudadanía como un sentimiento real, constatable, y aunque silencioso, comunicable. A la pregunta “¿cómo representarías el terror?” que pudiera hacer un profesor de teatro a un alumno, que respondería torpemente representando un miedo particular e infantil a las arañas, ahora, desde el 11S, se reflejaría perfectamente en las caras de miles de estadounidenses, no como miedo implosivo, sino como algo más callado, más perdido, sollozante sin romper a llorar. Y la gente sintió el terror.

Después de mil quinientas palabras cabría preguntarnos, “bueno, y toda esta retahila de sandeces, ¿qué tiene que ver con el cine?” Bueno, ya hemos visto cómo Auswitz afecta al arte según Adorno: el telón de fondo del mal radical. No es nada realmente decisivo. Después de Auswitz, nadie se acordó de Auswitz. Saldría en alguna conversación entre intelectualillos franceses, estaría presente en las discusiones sobre la memoria en Alemania, prácticamente a ningún español le importaría, etc. Afecta a la forma de contar y leer una historia, pero que se muestre patente en los textos… bueno, es algo que traía de cabeza a Adorno, pues todo arte que no mostrara esto era un arte traidor, un arte cómplice del genocidio, un arte deformado. Pero se seguían contando historias normales. Obviamente, el 11S como nuevo punto de inflexión tampoco tiene por qué afectar. Es más, no ha afectado tampoco demasiado al cine normal. Aunque ha habido mucha censura con el tema de Manhattan, el WTC en los carteles y demás (quitaron incluso las Torres Gemelas de un cartel de la serie Friends), no me imagino la película genérica Colegialas calientes 2 (Director cualquiera, Hollywood, s. XXI) con Lindsay Lohan y Megan Fox manteniendo el terror del 11S de fondo. Es un poco absurdo. Pero eso cambia cuando hablamos del cine dramático, sobre todo del cine de catástrofes (o por lo menos, pienso yo que cambia). Pensemos en películas de catástrofes en ciudades estadounidenses (sobre todo) anteriores al 11S: la ya nombrada Godzilla, Independence Day, La Jungla de Cristal 3, Jurassic Park 2 (por el tema del T-Rex en San Diego, que tiene tela), Pánico en el túnel, y un largo etc. En la mayoría, parte de la ciudad o ciudades es destruida e indudablemente muere gente. Y la historia es contada desde unos personajes que evidentemente no mueren y que al final hay un final feliz. Un segundo… Ha muerto gente y la ciudad está sumida en el caos. ¿Final feliz? Voy a centrarme brevemente en una de las más absurdas simplemente porque me va a llevar menos análisis: Jurassic Park 2: El mundo perdido. Si ya de por sí la trama es bastante absurda (aunque es una película entretenida), las secuencias en San Diego, cuando el Tiranosaurio se escapa y campa a sus anchas por la ciudad, es apabullante. En primer lugar, tenemos un puto lagarto o dragón o lo que coño sea de rave por la ciudad comiéndose gente, ¿dónde está la policía? ¿Qué hace que no está la guardia nacional o estos americanos hiper-sureños con todo su arsenal pegando tiros al aire? El bicho se pasea a sus anchas degustando ciudadanos, y los protagonistas tan tranquilos. Y en medio de ese festival de vísceras y sangre incluso hay tiempo para el humor, con el niño al que se le han comido el perro y los padres gritando a lo macauliculkin, o el puto Jeff Goldblum soltando frases pseudo-épicas de heroe venido a menos. Cuando todo termina, y mandan al bicho de vuelta a donde sea que lo mandan, lo único que dicen en las noticias es algo así como “bueno, hemos tenido emociones este fin de semana, ¿verdad Jeff? Pasemos al tiempo”. Y toda la gente que ha muerto y las familias que lloran a sus seres queridos, y los destrozos por millones de dólares los paga Richard Attenborough con una sonrisa diciendo “son cosas de niños”. Bueno, pues así con todas las demás. ¿Hay un dinosaurio? Será anunciando algo. ¿Un terrorista está creando el caos en Nueva York? Estarán de elecciones. ¿Nos invaden los marcianos? Ya no sabe qué hacer Jay Leno para ganar audiencia…

Tal vez mi análisis haya sido demasiado superficial y tendencioso. Pero en rasgos generales, ésta es la perspectiva del cine de catástrofes, esté mejor o peor escrito el guión. Quiero decir, es cine no centrado en la catástrofe, sino en unos pocos personajes que se van a salvar la mayoría que son héroes a su modo, y que son los que saben cómo terminar con la catástrofe incluso metiendo de por medio algunos gags de los hermanos calatrava. No hay lugar para la catástrofe más allá de los efectos especiales ni tampoco para los efectos de la catástrofe. Esto antes del 11S. En cambio, creo que el 11S ha cambiado ligeramente las perspectivas frente a las catástrofes para los occidentales. La literatura, desde el polo que nos habla Adorno, sigue siendo una experiencia privada, mediada por nuestro entendimiento. Aunque se hagan lecturas, recitales, etc., la experiencia siempre es interna. En cambio, por sus características, el cine es un arte tremendamente público, compartido, pues si suponemos que todos miramos de igual manera, la percepción, y sobre todo, la emoción ante el terror, que carece de mediación intelectiva (es emoción o es visión, después reflexionamos), es común. Así, una persona que ha sido testigo directo del 11S, cuando vea Godzilla (recuerdo que es de 1998) y vea un edificio atravesado por el centro y todavía en pie, lo normal o lo lógico es que piense “es inconcebible”. Porque esa persona ha visto cómo lo inconcebible se ha realizado, y no se da de esa manera. Asímismo, la ignorancia de todo lo que rodea a los protagonistas es congestionante. Ante esas catástrofes es la emoción lo que impera, la reacción. Se suele decir que uno no sabe cómo va a reaccionar ante esos eventos, pero para la inmensa mayoría no será como heroes que se salvan. La narrativa se ve transformada. Para encontrar realismo en cine que se haga cargo de catástrofes ya no vale con contar lo que le pasa a alguien, hay que ir más allá, hacia la visión fragmentada, la angustia, el terror. Ya no se puede contar una catástrofe como lo hacía Deep Impact. Aunque se sigue haciendo. Películas como El día de mañana o 2012, ambas de Roland Emmerich de nuevo, tratan catástrofes naturales a niveles planetarios, pero adolecen de las mismas faltas que antes: una catástrofe descafeinada, sin terror, e incluso redentora. Tal vez se acerque más a este sufrimiento particula esta última de Lo imposible, aunque al final se vuelve una parodia de sí misma, con un final naïf el igualmente redentor. Además, los planos generales, y los efectos especiales no ayudan a sentirse en el lugar. La película que más se acerca a esta transformación de la narrativa (en el cine de masas, ¡ojo! Hay cine “menor”, “independiente” que lleva practicando esto desde hace tiempo, pero es un cine marginal, y ahora me interesa el de masas) todavía incipiente tal vez sea Cloverfield, pues desde la perspectiva P.O.V. (point of view) lleva esa angustia que da el ambiente propicio para el terro verdadero, la experiencia cercana y particular, las respiraciones, los cortes de la cámara, etc. Aunque se queda en algo impersonal por lo genérico de los tipos y de la historia. Tengo mucha curiosidad por ver United 93World Trade Center (me confieso ignorante en esto), por ver cómo ha sido el tratamiento directo del terror de masas.

El cambio, espero que se haya entendido, en la narrativa se da desde el momento en que todos los espectadores potenciales de cine de catástrofes han sido testigos de La Catástrofe. Ya no se puede hacer explotar medio Manhattan (piensesé en Los Vengadores) sin pensar, “joder, pues es así como pasó”. En parte la sacralización de esas “visiones” es también voraz y destructiva. Por ejemplo, con la profusión de números y siglas de manifestaciones que tenemos últimamente en España (y el mundo), a nadie se le ocurriría hacer una manifestación el 11M (de Marzo). Parece que sea pecado faltar al terror masivo. (Otras fechas igual de importantes, 20N, 14A, etc., al general del público se las trae al fresco). ¿Cómo representar aquello que puede dañar o faltar a la memoria? Buf… aquí Adorno se ensañaría (y no quiero meterme en camisas de once varas). En le cine de masas, como ya he dicho, se notan pequeños intentos. Por supuesto, ni hablo del cine independiente, “europeo”, y me dejo atrás todo el cine de zombis, que telita… El cambio está ahí, el terror está presente. Y Occidente ya no puede escapar de ello.

Dejo este escrito un poco colgando, sin terminar, sin cerrarlo, como un trabajo todavía por pensar y seguir trabajando. Aunque la parte interesante de esto está en experimentar, en intentar llevar a cabo esa transformación de las narrativas. Tal vez, un día de estos, pase de lo filosófico y en mi blog Carrusel de Demonios me lance a analizar alguna película del tipo Hanneke, o similar, que se dediquen a transformar la forma de contar historias en el cine. Mientras tanto, espero que os haya resultado interesante toda esta reflexión.

Efectos del Tsunami en Sumatra, 2004

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