Melancólico Rococó

Hace relativamente poco hice una fatídica incursión a la librería Un Gato en Bicicleta (Paseo Robert Filliou, Sevilla). Fatídica porque la librería Un Gato en Bicicleta es de esas librerías de las que no puedes salir sin llevarte algún libro. Una librería comprometida con el arte, con la poesía, con la música, con la literatura, donde no encontraremos tanto “best-sellers” como nombres menos conocidos pero de un gran valor. Entre otros (sic) di con este librito, Melancólico Rococó, un escrito curioso e interesante.

Su autor, Guillermo Pérez Villalta, es un renombrado pintor (y escultor) español, que ha hecho más de una incursión al mundo de la “teoría” artística. Declaradamente posmodernista, también se autodenomina “neomanierista”, y su estilo tienen a la ornamentación, al colorido, y, como indica el título de este libro, al rococó. Es más, esta obra es una reivindicación del rococó en su más alta expresión. Nada más comenzar dedica el libro a los que piensan que el ornamento no es un delito sino un placer, en clara referencia a la obra de Adolf Loos Ornamento o Delito, en el que ataca a cualquier exceso en la decoración. Antes que nada quiero dejar claro, como bien hace el propio autor al comienzo de la obra, que no es un ensayo, es más, ni siquiera pretende un estilo ensayístico. De ahí que antes pusiera “teoría” entre comillas. El estilo que usa es desenfadado, casi diría pasional, más emotivo que descriptivo, lo cual puede ser un acierto o una negligencia. Es bueno, porque le quita al desarrollo el desfasado anclaje académico; pero esto va en detrimento de la seriedad y rigurosidad del texto. Si meternos más en esto, todo lo más que se puede decir es que tomando el libro tal y como es, resulta una lectura amena y ligera que puede mirarse como una particular introducción a uno de los estilos más denostados de la historia del arte: el Rococó. Este que se supone posterior e hijo del Barroco, una versión más ostentosa que este, opulenta y salvaje, en clara confrontación con el Neoclasicismo, con el que es prácticamente coetáneo.

El libro nos introduce de una forma muy inteligente en el rococó a través de un rodeo que hace una breve crítica a la base de la crítica hacia el rococó, como es el concepto de “buen gusto” y de cómo enfrentarse a las distintas corrientes artísticas de la historia sin caer en un chovinismo por la pureza de las formas o el salvajismo geométrico. Y a partir de este momento lo que nos va presentando son estampas del rococó. Cada capítulo se puede leer independientemente, ya que cada uno trata un aspecto distinto de forma breve pero resuelta, abarcando conceptos desde “lo raro”, “lo exótico”, “lo frágil”, el nacimiento de los souvenirs (increible), etc., y mostrando las distintas caras (por supuesto, conectadas) de ese poliedro que es el rococó. Prodiga demasiado en descripciones… “rococós”. Es decir, abunda en adjetivos emotivos, poco objetivos, de las obras (lo cual es comprensible, pues el libro carece de imágenes); se va por las ramas en ocasiones, y abraza con una efusividad poco atrayente todo lo rococó. Por una parte “echa para atrás”, pero por otra es comprensible, pues sus pretensiones son las de reivindicar un retorno a la sensibilidad rococó en nuestros días.

Un “Canaletto”, souvenir de la época.

Como ya he dicho, se puede considerar este libro una introducción ligera al mundo rococó, con todo lo que le rodea. Resultan muy interesantes aspectos como el ya mencionado “nacimiento de los souvenirs”, es decir, los recuerdos en forma de grabados y canalettos, en honor al principal autor de estos, que los jóvenes pudientes llevaban de sus viajes turísticos por Italia. Porque eran verdaderos turistas de los s. XVII -XVIII. Y también es muy interesante la visión que se da de la aristocracia y el lujo de entonces, y sus razones. Siempre se ha visto a la nobleza de esa época como ampulosos aristócratas de altas pelucas blancas snobs despreciables. Y nadie les quita esto. Pero además hay todo un mundo de significados y símbolos detrás, que revelan su supuesta superficialidad como algo más, ciertamente muy interesante. Tal vez una de las fallas de este libro es que no profundiza en los aspectos históricos y contextuales y se queda sólo en el ámbito de la descripción estética, cuando la riqueza de fondo es mucho mayor de lo que pensamos. Otra crítica que puedo hacer, y que ya he hecho, es su ligereza y su brevedad. Con lo poco expuesto, el libro desvela un mundo que rara vez se estudia: en historia del arte interesa el Barroco y el Neoclasicismo muy vagamente, punto; para la historia a secas la vida de la aristocracia de entonces es poco relevante; y para la historia de las ideas lo importante pasa de Descartes a la Ilustración directamente. Sin embargo, lo que destaca de esta época, antes que las grandes obras de la Historia del Arte, son las pequeñas artes ornamentales; y no menos importante para la filosofía y la literatura, los libertinos, reconocidos precursores de la Ilustración. No es que me considere demasiado rococó, prefiero la pureza de las formas; pero no le quito mérito e interés a una época que lo merece.

Tal vez de las cosas que más me llaman la atención, y termino con esta pequeña a-mi-modo reseña, sean las personalidades, las figuras aristocráticas que en muchas ocasiones son mecenas de estilos o más aún, marcan una moda para toda una corte, un estado, o toda Europa. Figuras como la de Madame de Pompadour, amante de Luis XV, y una de las mayores impulsoras y benefactoras de la Enciclopedia (la de los ilustrados). Porque ahí donde lo véis, el irónico e ilustrado Voltaire era el más opulento de los philosophes, y no desdeñaba la compañía de la buena Madame. Hay que tener cuidado con la historia, porque en cualquier momento, podemos darnos cuenta que aquello que tanto aborrecíamos es el origen de nuestras filiaciones. Y a nadie le gusta levantarse un día convertido en bastardo.

Madame de Pompadour. Pose “casual”.

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