Rigor Mortis Estudiantil

Todo lo que voy a decir a continuación, por lo menos en su mayoría, son tonterías. No quiero decir que no me falte razón en muchas cosas, y que diga verdades substanciales, pero hace tiempo que no aspiro a construir un discurso pleno de sentido, por posibilidad y por mi capacidad. Pongo esta clausula de seguridad por las posibles críticas que pueda recibir. Tendrán razón, lo asumo porque lo sé, pero invito a un reconocimiento personal para constatar si en lo que digo hay parte de verdad o no.

De la Asamblea y encierro en el Rectorado (23/05/2012)

Cuando una rata se siente atrapada (o casi cualquier animal) desata una fuerza irracional que la empuja a sobrevivir, aunque contra quien se enfrente sea muchas veces superior. Es el instinto de supervivencia, las ganas de seguir viviendo. No afirmo que el hombre se comporte de igual manera, pero si es cierto que el miedo (o el peligro) nos ayuda y nos motiva a hacer ciertas cosas que en un estado de calma puede que ni fuera planteado. He vivido tres años de movimiento estudiantil hasta ahora. Ha sido un camino largo y tedioso. Quiero pensar que he trabajado mucho, aunque sé que he hecho mucho menos que otros, que se dejan la vida en sacar adelante un movimiento y sus reivindicaciones, o más bien, sus sueños y anhelos. Pero no ha sido realmente hasta ese fatídico Real Decreto 14/2012 cuando de verdad he visto un cambio sustancial, tal vez una renovación, o simplemente, el siguiente paso que se tenía que dar en el movimiento estudiantil. Tal vez la diferencia más fundamental es que antes de este RD, se luchaba con un enemigo, si bien cierto y presente, algo difuso y huidizo. Mientras que ahora ya hay una cabeza visible, una sustancia real que intenta fagocitar la educación pública, un RD, una estrategia neoliberal palpable, unas palabras dichas por los poderes fácticos, no por los entes consejeros teóricos y abstractos que les rodean. Hasta ese momento, el estudiante medio, preocupado por su futuro, pero no lo suficiente implicado como para actuar, podía ver con cierto reparo lo que unos pocos estudiantes, más implicados en problemas políticos (que afecten a la educación),  hacían: panfletear, poner carteles, concentrarse, hacer reuniones para coordinarse (¿sobre qué se coordinan?), llevar a cabo movilizaciones, etc. Sí, está muy bien defender la educación, pero esa gente están más cerca de incómodos mosquitos que de revolucionarios. Sin embargo, para la mayoría de estos estudiantes, el RD ha supuesto una tensión de cuello inusitada, rigidez de los músculos, ojos desorbitados, calores junto con sudores frío, dolor de cartera, de libros, y de familia. Para qué engañarnos, aunque lo velemos con un paño de racionalidad, este es tan fino que se puede ver el miedo revolviéndose como picado por la lanza del diablo. La sequedad, la seriedad, el temple del “tenemos que movernos” se nutre  de un pensamiento de leche cortada: huele a podrido y hay que atajar la infección. La mayoría se movían en el discurso del “ya iremos haciendo algo” o del “bueno, están esos que se dedican a hacer cosas”. Pero eso ya ha pasado. Ahora, como ratas acorraladas escalamos las paredes de la universidad como buscando aire más limpio. Y desde allí, ver mejor el panorama, y lanzarnos con furia sobre el RD, sus artífices, o quien sea para, si no mantener nuestra hasta-cierto-punto buena educación, o aún mejor, construir un nuevo modelo, más moderno, más humano tal vez, más crítico, a fin de cuentas, mejor. Y es increible lo que se está haciendo.

Asamblea en las puertas del Rectorado (22/05/2012)

Parece que el RD ha sido un revulsivo contra la pereza. Y pese a que, en mi opinión (y es una sensación que comparto, todo sea dicho), esto sea más por un miedo egoista que por una reflexión altruista, es bueno, porque más de uno ya se ha dado cuenta que el mal de uno puede ser el de muchos. Cuando en un primer momento, alguien te explica en qué consiste el RD, te vuelves matemático. Comienzas a echar cuentas, a ver cuánto vas a tener que trabajar o no, a echar de menos la universidad. Y, por supuesto, no quieres que eso pase. Es después, cuando se ha discutido con otros, cuando se ha pensado detenidamente, cuando se ha trabajado con otras personas en una pancarta, en una propuesta, o simplemente colaborando en el abastecimiento y la logística de una asamblea, cuando se ve con otros ojos, cuando se mira alrededor. Y creo que por fin se está consiguiendo eso. Se está saliendo de la rigidez del miedo, y se está dando paso a la flexibilidad de la reflexión y de la cooperación. Por lo que yo conozco, y pese a las críticas que pueda tener, se han tardado más de tres años (mi experiencia) en empezar a conseguir esto. Pero todavía se ha hecho muy poco. Aunque es esperanzador ver por fin asambleas llenas y necesidad de más espacio para gente que sigue llegando, encierros que no son acampadas de adolescentes enfadados, y una verdadera cultura del intercambio libre de ideas. Sólo queda seguir trabajando, para terminar de sacar al estudiante (y al que sea) de este rigor mortis que nos atrapa.

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