Música y Posmodernidad III: PJ Harvey

Encuadrar a PJ Harvey en mi proyecto, y aún más, hacer una interpretación de su música, es altamente problemático, ya que es una artista muy ecléctica, y tal vez bipolar o esquizoide en cuanto a sus composiciones se trata. Hija de los decadentes y faltos de ideas 90’s, su música puede terminar resultando un batiburrillo perdido y asustado, que responda más a un camino tomado por la música comercial que de verdad a un sentir distinto a la norma. Pero de hecho, es esta informidad en su composición, la variabilidad estilística (que no se ve tan acuciada en la temática y estilo de las letras), lo que en conformidad con su mensaje le da un valor especial. Inglesa de procedencia, comienza su carrera discográfica (ya había hecho algunos pinitos menores antes) en 1992, al amparo del nuevo punk inglés (la segunda ola) y del grunge recién nacido llegado allende los mares. Y aunque al comienzo su música se mantiene más o menos con estos cánones, vaciándose por las cunetas de lo underground y lo “alternativo”, se caracteriza por un eclecticismo de lo más sugerente, y si ahora es punk-noise, dos canciones después roza el dream-pop (en su caso más bien “dream-rock”). Para echar de comer a parte es su último disco, de 2011, “Let England Shake”, que, aunque con canciones increibles que después comentaré especialmente, es de un folk inglés “exagerado”, dando a veces un regusto nada agradable a grupos como Chumbawamba en su última época (me acaba de recorrer un escalofrío). Pese a ello, PJ Harvey se mantiene en su linea provocadora a un cierto nivel mundano, callejero,  del sentir del día a día, llevándolo a extremos emocionales, pero sin salirse nunca de los lugares comunes. Muy considerada, bastante conocida, aunque no muy “popular” en el sentido de víctima del “efecto fan”, PJ Harvey muestra una evolución a seguir, digna de estudio para entender un poco más los 90’s.

Miremos pues a PJ Harvey como esa máscara de los 90’s tan extraña, de ese remanente de  “inclasificabilidad” que podemos intuir en muchísimas de las expresiones humanas occidentales de estos años. No girl so sweet es una canción bastante sencilla, que más o menos presenta un amor subterraneo, una relación tempestuosa, que si bien no resulta extraña (¿cuándo no ha salido en alguna película americana esas relaciones imposibles que acaban trágicamente?), comienza a darnos unas premisas interesantes. Es algo violento, que sitúa en un mismo plano la dulzura (cuestionable) de un ángel con ese hombre, mefistofélico tal vez, que la atrae. Pero al final, nada salva a las apariencias, y no existen ni ángeles, ni mefistófeles, ni nada por el estilo. Y nos vemos en la tesitura de nuestra irrevocable (y en cierto sentido, irreconciliable con el “ser” humano) materialidad, en el sentido de que somos “cosas”, más allá de cualquier pose angelical o demoníaca. Amamos, recorremos un camino vital, tal vez con alguien, ¿y qué? Morimos. ¿Es esta “decisión de vivir (humana)”, este deseo, suficiente para vivir por encima de todo? Is this desire?

¿Qué tiene que ver esto con los noventa? Esta década representa una “Gran Transición”, siguiendo el esquema de Jünger. Es el fin definitivo de una modernidad que sólo se le permite desarrollarse superficialmente (tal vez con alguna honrosa excepción), muy demacrada estructuralmente por el modernismo, que si bien mostro sus fallas de manera magnífica, no fue demasiado constructiva. El nuevo sentir al que se nos convoca en el s. XXI, ese extraño positivismo tecno-científico, progresista, globalizado, “consumizado”, mass-mediático, comienza a tomar forma (aunque después se verá que no es tan bueno), y claro, el tránsito, aunque encubierto, hace ver a los hombres sus propias quiebras internas. ¿Por qué compramos? ¿Por qué amamos lascivamente unos años y después buscamos estabilidad? ¿Por qué la juventud tiene que ser alocada pero de adulto hay que ser serio y trabajador? Son roles que se van repensando de manera estética y tocan profundamente a lo moral. Los noventa abrieron una brecha en el pensamiento (y un límite siempre es nuestra limitación, la mortalidad, por ejemplo).

Porque he rezado días, he rezado noches, para que el Señor me enviara alguna señal. He visto mucho, he buscado mucho, para llevar paz a mi corazón negro y vacío. Es esta profundidad religiosa de la que nos habla The Dancer, secularizada, de la que hablo. Ya le pasó a la Generación Perdida, ya le pasó a la Generación Beat; la “Generación Y” (conocida así por ser continuación de la Generación X, aunque se podría incluir también a esta), o sea, la de los nacidos entre 1982 y 1994, están imbuidos de este sentido de decadencia al borde del fin de la historia, porque crecen absorviendo este sentir. Los nacidos posteriormente ya crecen con el ímpetu del tercer milenio, y aunque empiezan siendo unos integrados, creo que ya se han visto desengañados de este teatrillo de títeres que nos han montado.  The words that maketh murder muestra ese desengaño, que se produce después de saber (a través de las palabras, que supuestamente es lo que nos hace humanos) todo el mal que se hace en el mundo, cosas horribles. Esta canción tiene un aire más folky, del último disco que ha sacado llamado Let England Shake.

Paso así a una de las canciones más bonitas de PJ Harvey para mi gusto, que es The Soldier, en la que nuestra artista quiere, desea, sentirse como se siente un soldado, porque él también es humano, y hace cosas humanas, así que lo que el haga a mi también me corresponde como humano, y sus faltas son las mías. Hay que aceptar las consecuencias que trae la humanidad, porque no podemos negar lo que somos, así que debemos abrir esa herida, dejar una cicatriz fresca, sintiendo los pinchazos de la culpabilidad, y calmándolos siendo responsable de nosotros mismos (a vueltas con la responsabilidad, es mi ruta ética). Y es que no sabes qué es ser hombre hasta que no dejas de serlo. (Siento que la calidad del video sea tan regular, no he encontrado nada mejor).

De todas formas, dentro de este contexto, el del lo humano, sigue habiendo buenos sentimientos, sentimientos maravillosos, con sus acciones buenas. Y se puede sonreir al ver disfrutar a un crío jugando con una pelota, al ver reir a un anciano, o al ver dormir a tu amante. Y este es un sentimiento maravilloso: Beautiful feeling. Hay muchas cosas buenas en el hombre, lo único es que tenemos que saber mirar, y saber actuar. Desde internet, que nos mantiene en contacto con el mundo, hasta la magia de unir personas muy distintas de los ascensores, y la amabilidad de abrir una puerta. Lo mejor en ocasiones es tomárselo como un juego, con sus reglas, y su diversión. Es cuestión de saber mirar.

Entramos ya en el mundo de lo desconocido, y de los desconocidos. El desarraigo y la decadencia de los 90’s obligaron a muchos a tenerse a uno mismo como garante último de su humanidad. Ser humano por actar como tal no es suficiente cuando tantos humanos matan, roban, oprimen, etc. Parece (al igual que pasó con la Generación Beat) que el disconforme, el que se siente desarraigado se inclina hacia lo espiritual, hacia la vida interior, obviando lo de fuera. Pero no es así. Lo que se hace es tirar de uno mismo, en un mundo que se conoce, que ya se sabe cómo es. Entonces, esa vida interior “sublimanda” no es más que la reflexión de lo que se ve, el análisis de la creencia, en busca de algo firme sobre lo que apoyarse. Algo así nos dice PJ Harvey en Horses in my dreams. Y siempre queda una tenue esperanza que se saber infundada, pero el hombre es un bicho de creencias, así que tolera esta esperanza de finalmente descansar, saber que el mundo, aunque se mueva, para sí está quieto, lo comprende, o no, pero se cuenta con que algún día se encuentre un lugar llamado hogar: A place called home. Termino con estas dos canciones deseando que hayáis disfrutado de esta artista increible que es PJ Harvey, y que haya podido mostrar la forma de entender una época tan extraña de forma sucinta a través de la sensibilidad de esta mujer. Que sin dejarnos llevar por la corriente, no nos resistimos, y nos dejamos mecer por el agua.

Partes I, II

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2 pensamientos en “Música y Posmodernidad III: PJ Harvey

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