Ciento Cinco Naves

Ireneo Delafosse se embarcó con dieciséis años en una fragata de la armada francesa bajo los auspicios del emperador esperando escapar de la miseria y tal vez encontrar la fortuna como marino-soldado en tiempo de grandes victorias. Natural de Dijon, acabó no sabe cómo al igual que la Bastilla desparramado por el suelo de París, casi siempre durmiendo donde sus comunes amos le mandaban como vigilante en algún almacén clandestino de armas de Montmatre, lo que le llevó según él de manera irrevocable a acabar de alguna u otra manera empuñando un arma… y como siempre quiso ver el mar…

Nunca se había planteado cuestiones que fueran más allá de la supervivencia inmediata, no era un ilustrado. Él era un villano que la mayor parte del tiempo sólo se preocupaba por el mendrugo de pan que se acercaba progresivamente a la boca. Pero ahora se veía de otro modo, engalanado con su casaca azul, intoxicado por los efluvios salados del mar y puede que inspirado por el escorbuto, y a cientos de kilómetros sobre el mar, lejos de su hogar, sobre las costas de España, o Inglaterra, no sabía bien. Ocurrió entonces un hito en su vida: reflexionó.

Pero Monsieur Delafosse (apellido que no sabe de quién heredó, demasiado señorial para su persona, aunque siendo francés, de buena gana aceptaba honores: lo llevaba en la sangre) eligió un mal momento para ponerse a fraguar ideas, debido a que se encontraba en plena naumaquia. Él, que había aprendido los rudimentos del cálculo y las letras poco antes, fue el encargado de contar el número exacto, preciso e ilustrado de naves contra las cuales el convoy gabacho estaba a punto de entrar en combate.

Tras realizar el cometido, el joven Ireneo se aprestó a informar a su superior, el capitán Ducasse, a quien con voz firme comunicó: “Señor, se acercan a nosotros ciento cinco naves, señor, y a gran velocidad”. Esto alarmó a los oficiales que corrieron a verificar tales afirmaciones. Sin embargo, bajaron bastante tranquilos. El capitán, intrigado por las técnicas de cálculo del grumete, le interrogó por las mismas: “Muy sencillo, mi capitán. – Dijo Ireneo – En primer lugar memorizo la situación de un grupo de barcos, hago una imagen mental, y los cuentos y los apunto; después, vuelvo a mirar buscando más barcos en nuevas posiciones, memorizo su posición, y los cuento; y así hasta que acabo con la línea de navíos”.

Los oficiales, fascinados por las extrañas habilidades del marinero Delafosse, le enviaron de vuelta a cubierta a razón que se preparara para el próximo combate contra esa “ingente escuadra de ciento cinco naves” enviadas por la pérfida Albión, entre felicitaciones. “Pobre cadáver de infinita ingenuidad”, pensaron algunos oficiales.

Ireneo, sorprendido y agradado por las congratulaciones de los oficiales, comenzó a replantearse sus habilidades y capacidades.

Fue destacado a medio camino entre cubierta y la santabárbara, como “mensajero de las necesidades de munición” en la sección que le había tocado de reponedor, cerca del castillo de proa (si, era un barco muy moderno el suyo), hasta el momento en que fueran necesarias sus dotes militares propiamente dichas cuando se entablara combate directo. En sus carreras arriba y abajo por la fragata, rodeado de ruido, explosiones, astillas, gritos guerreros y agónicos, Ireneo consiguió de forma increíble concentrarse y estar “sólo dentro de su cabeza”, llevando a cabo su cometido de forma automática, mecánica.

Y en su palacio de cristal interno comenzó a repensar su vida. Mientras cargaba con un tonelete de pólvora, se fue planteando el camino que debía seguir. “¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es la razón de mi existencia? – Pensaba – Y porqué precisamente aquí y no como un marqués en Italia. ¿Qué era lo que determina mi existencia?” Todo aquel cúmulo de nuevas sensaciones que abarcaban desde su alistamiento (hará cinco días) hasta estas últimas impresiones con sus oficiales y la acción bélica que se estaba llevando a cabo le provocó prurito de búsqueda del sentido de la vida (ni más ni menos, aspiraba alto). En ese momento, Dios, que andaba en sus cosas, puso mayor atención sobre ese joven marinero.

Tras entregar el tonelete a unos “atacados” marineros, Ireneo Delafosse trazó su hoja de ruta en pos de matar a esta inusitada curiosidad naciente en él. Lo primero que debía averiguar era si de verdad existía, y no era un sueño de alguien, o un cacharro de esos modernos, o un animal, y para ello, según había escuchado a los letrados, debía leer a un tal Descartes. Al igual que este autor, huiría del escepticismo, aunque no descartaba unas lecturas sobre Sexto Empírico (aunque temía que el latín, lengua que todavía no sabía de su existencia, le frenara), o a Montaigne (más cercano que el anterior), para mantener un espíritu crítico. También hojearía las objeciones a Descartes de Gassendi, o de Fromundus, para poder defenderse por todos los frentes, y sobre todo porque sus nombres le parecían graciosos.

El Medievo se lo saltaría. Demasiado clerical y aristotélico, escolástico, para un joven prometedor (iba ya por su tercer tonelete de pólvora) en plena modernidad ilustrada, abierta al hombre. Tal vez… aunque no… pero es que era muy sugerente… pero es que era inglés… bueno, puede que hiciera una excepción con Ockham, ya que le atraía la idea de usar una navaja para filosofar… así sería más sencillo convencer. Yendo hacia adelante, puede que tocara tangencialmente a Malebranche, por puro divertimento, pero ¡ay! Ya entramos en terrenos más fangosos. Demasiada geometría para ver al hombre, o calculado infinitesimalmente, se le presentaba con un Spinoza (que vamos, su supuesto ateísmo le llamaba) y un Leibniz (de este le hacían especialmente gracia sus “monadas”… ¡que monas!). Una vez superada la legitimación de su existencia a través de Cartesio, debería aspirar a algo más. Y sabía que el camino tomado por Descartes estaba muy cogido por los pelos (lo sabría) para acceder a Dios. No le convencía (no le convencería).

Pero, ¡no sólo los grandes pensadores de mi época sabían cosas! Y no le preocupaban futuras disidencias posibles, en su condición de pobre, su moral siempre había sido provisional.

La idea. ¡Ah! ¡La idea! Esa si le convencía más. Un concepto universal que pudiera abarcarlo todo. ¡Qué gustazo! Él, pobre (y ateo) como era, no se podía permitir un dios. La idea era más sugerente. Recurriría en secreto a Platón y legitimaría todo, sin miedo… Pero claro, Platón requería de las matemáticas, y geometría… vaya, y él rehuyendo a Spinoza… Bueno, no habría ningún problema, dedicaría unos meses para adelantar matemáticas. Pasaría de Euclides y se metería de lleno en Euler, más arriesgado, pero también empezaba por “E”, así que sus preocupaciones se esfumaron. Le dio pena tener que dejar de lado a Newton, pero en su condición de anglosajón… no había piedad.

Con todo este camino trazado, el marinero Delafosse se dio un respiro cargando una bala de uno de esos cañones de 16 libras, y pensó que ya que lo habría descubierto todo y su existencia ya no sería un problema para él mismo (aunque para los demás…), pensó qué haría en el futuro.

Supo que a los ingleses ni se arrimaría, esos empiristas… Antes guillotinado que verse leyendo el “Tratado del Entendimiento Humano” de Juan el Loco (o algo así s ellamaba).

¿Y los supuestos philosophes ilustrados de su época? ¡Bhá! Le parecían todos unos pedantes y unos soberbios de cuidado. No, no se acercaría ni a emilios, ni a barones, ni a volteres, ni a eloisas (o puede que a esta si…).

Lo que sí veía plausible era el acercamiento a lo alemán. Había oído hablar de un jovencito que se estaba haciendo un hueco entre los eruditos prusianos… un tal Manolillo Kant, que, al parecer, apuntaba maneras (sobre todo cuando llevaba ya cuatro años muerto… la verdad es que llegaban pocas noticias allende del Rin).

Así, de esta manera, Ireneo Delafosse, a sus dieciséis años, rodeado de cañonazos y disparos y gritos agónicos de soldados heridos y el sonido de la madera rota y la mar embravecida, descompuso la historia del pensamiento para componer su nueva existencia y a su vez solucionar para la posteridad todos los problemas y cuestiones filosóficas que atacaban al hombre desde tiempos inmemoriales, y muy orgulloso que estaba de ello.

Fue una pena que a este futuro erudito le atravesara la cabeza entrando por la cuenca del ojo izquierdo, atravesando la glándula pineal, y saliera por la nuca una bala perdida (o no, quien sabe), acabando así con su vida. ¡Qualis philosophos pereo!

Y Dios vio que esto era bueno.

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