La democracia que nos merecemos

Quiero hacer una reflexión sobre Aristóteles y las democracias actuales, nuestras democracias occidentales. Lo que voy a contar a continuación lo hago de memoria: si hay algún error en mis recuerdos acerca de la teoría política aristotélica, ruego me diculpen y aún más, se me corrija. Para Aristóteles existían varias formas de buen gobierno, así como una serie de formas degradadas de los mismos. En primer lugar, la mejor forma de gobierno es la monarquía, el gobierno de uno. En efecto, esta forma se refiere a la recta dirección de la polis por parte de un hombre sabio hacia su realización y la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. La forma degradada es la tiranía, cuando dicho gobernante, solo en el poder, se corrompía por el mismo, y desde entonces sólo atendía a sus caprichos esclavizando al pueblo -este sería el peor de los gobiernos. A continuación, la segunda mejor forma de gobierno es la aristocracia: si no se dispone entre los habitantes de la polis del más sabio entre los sabios para dirigirla, tendrán que llevar a cabo este cometido “los mejores” de la polis, los que tengan la virtud suficiente como para hacer de la polis un lugar habitable en la misma virtud. Esta forma de gobierno se degrada cuando no son los mejores los que gobiernan, sino unos pocos que llevan a la polis por los derroteros de la ambición personal, al igual que la tiranía, pero, digamos, más repartida. Esta es la llamada oligarquía. Por supuesto, ni monarquía ni aristocracia se han llevado a cabo en el gobierno de ningún estado -que yo sepa- de la forma satisfactoria que enunciaba Aristóteles, ya que ambas formas no eran más que tiranías y oligarquías con otro nombre menos peyorativo.

Pero pasemos al punto que me interesa. Me dejo una forma de gobierno pura, la última de las buenas formas de gobierno para Aristóteles: la república. República significa -en latín, no sé cuál es su raíz griega- “cosa pública”, y se refiere a la participación de todos los ciudadanos de la polis en los asuntos públicos. Si bien para Aristóteles es la menor forma buena de gobierno, ya que no es el gobierno “del mejor” o “los mejores”, sino de toda la población, sigue teniendo un carácter bondadoso y benévolo cuando es toda la sociedad, toda la polis, la que se une y participa para llevar a la misma al buen gobierno y el buen estado. Todo el mundo participa, porque todo el mundo está interesado en que la ciudad en la que habita se viva bien. Y esos son los ciudadanos, los que participan activamente para que la polis sea la mejor. Y este es un buen gobierno.

Pero ¡ay! también tiene esta forma de gobierno su reverso tenebroso. Y es que sucede que a veces no toda la población participa, o en vez de participar toda en su pluralidad, pues se unen por intereses, por partidos: así aparece la partitocracia (no creo mencionada por Aristóteles, pero me ayuda en el desarrollo). Y así en Atenas se formaron en su proteica democracia los partidos “aristocrático” y “demócrata”, y cada cual quería llevar a la polis por caminos distintos. Y los ciudadanos -que empiezan a perder ese nombre- se adscriben a los partidos. Claro está, un partido tiene una jerarquía, no todos los “militantes” pueden participar. Aparecen, ya sea antes de o con la aparición de los partidos, “personajes” influyentes: heroes de guerra, grandes oradores, poderosos terratenientes. Estos persuaden con sus títulos, con sus honores en la polis. Y las decisiones de la República ya no recaen en los hombros de toda las polis, ya no hay consenso para guiar al pueblo: reace en unos pocos influyentes que extienden su red -en la asamblea, entre los ciudadanos- y son quienes deciden principalmente el destino de la polis, así como cuando hay partidos, decide “el programa” del partido mayoritario (se parece extrañamente a la oligarquía, ¿no?). Se acaba en la timocracia, el poder del honor, de las figuras influyentes del la polis. Ahora el pueblo, que aparentemente se gobierna y decide por sí mismo, es un pueblo guiado: esto no es otra cosa que demagogia. Increible, pero acabamos de llegar a lo que Aritóteles denomina democracia, si bien el menos malo de los gobiernos malos, es un gobierno en que el pueblo malamente se gobierna a sí mismo, con los métodos antes comentados, sin participación, lo que lleva a la disgregación de la polis y a la posibilidad de caer en gobiernos peores. En la democracia aristotélica el pueblo nos es más que ganado guiado por la oveja menos tonta, pero oveja al fin y al cabo. En la democracia, el pueblo es el peor enemigo de sí mismo.

Pensemos ahora en la Europa actual. Hay multitud de paises que se autodenominan “repúblicas”, pero parece que lo único que ha caracterizado a una república desde que aparecieron las primeras en Europa es que NO son monarquías. No es nada más que un nombre intercambiable para cuando no hay un rey -o dictador, o tirano, ya que también se ha malinterpretado el término monarquía. Pero repúblicas reales, al aristotélico modo, no creo que haya habido ninguna realmente. Y todos los estados se ponen bajo el estandarte de la democracia -liberal, término que no analizaré ahora-, del poder del pueblo, y son adalides del mejor de los gobiernos, del pueblo que decide por sí mismo. Y por ello ponen “república” al ladito de “democracia”. ¡Qué infame estrella la de los intelectuales europeos! Si escuchamos al más que sabio Aristóteles, y sabemos qué significa democracia, ¡por supuesto que tenemos democracia! Partidos, estrellas de la política, pasividad ciudadana, etc. ¿Pero república? No lo creo. Tenemos la democracia que nos merecemos, fraguada a base de revoluciones, sangre de Antiguo Régimen y de utopías archipolíticas (Zizek). Y posiblemente era para lo que los Estados-Nación europeos estaban preparados. Ahora toca no retroceder y retrotraernos a la oligarquía, sino ir hacia adelante, y llamar al pueblo a la participación, y querer la república. Aristóteles está más vivo que nunca, pero la sofística y la retórica también. Si nos queremos merecer más, tenemos que hacer mención por ello.

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