Dulces extremos

¡Qué difícil es tener y mantener un pensamiento equilibrado! Aristóteles perseguiría con su vara de avellano repartiendo leña a muchos en estos tiempos, por desparramar intelectualmente en extremos que, no ya desvirtúen el justo medio, sino que ya no saben reconocerlo. Y es que a día de hoy, la humanidad se encuentra en una encrucijada tremenda, donde se barajan multitud de posibilidades, a cada cual más dispar, para conseguir un futuro diferente, y, en algunas pretensiones sólo, un futuro mejor. Me quiero centrar en una encrucijada que me trae de cabeza desde hace bastante tiempo, que es, por supuesto una encrucijada filosófica (aunque afecta a la totalidad del sistema), y se trata de la dialéctica -por llamarlo de alguna manera- entre Modernidad y Posmodernidad.

No hay nada más loable para el género humano que haber emprendido el “Proyecto de la Modernidad”, o más concretamente, el “Proyecto Ilustrado”, ese que tiene a la razón como su adalid, el que quiere emancipar al hombre, sacarlo de su minoría de edad, hacerlo autónomo, libre de influencias y normativas externas, libre a fin de cuentas. Un hombre realizado, el hombre de Kant, el que se “atreve a saber”. No tengo nada que achacar a estas tan buenas espectativas. Sería increible realizar ese sueño kantiano. Y me voy incluso más atrás, a un Pierre Bayle, mesurado, crítico, para nada extremista, sino un observador inteligente, y de una tolerancia crítica pasmosa. Sí que es un sueño para la razón, y no inalcanzable o utópico, sino que está al alcance de la voluntad humana.

Pero claro, como muy sabiamente dijo Homer Simpson una vez, “en teoría funciona hasta el comunismo… en teoría”. La realización del ideal moderno en la historia, más que baches, ha visto socavones; y por supuesto que en la teoría sigue el proyecto ilustrado en proyecto, o más bien, en desarrollo. Uno de sus hitos fue sin duda la Declaración de Derechos Humanos de 1948 (aunque en muchos paises no haya sido “completamente” ratificada). Sin embargo, el devenir histórico, o sea, la realidad contingente, mutable, y también en cierta medida dependiente de las pasiones de los hombres, pues no se ha adecuado demasiado al proyecto ilustrado. Todo ello ha dado lugar a una de las mayores tragedias del pensamiento, la modernidad malograda, que de extensa e inabarcable, se ha vuelto inefable, y por ello, in-pensable en conjunto. Estamos ante: La Posmodernidad (¡qué disparate!).

Posmodernidad: ese hormiguero de nihilismo y cinismo, de donde sólo se saca insana contingencia, que tiende a relativizar y a la diferencia como base de todo lo humano. Multiculturalismo de pacotilla, donde la tolerancia se basa en la figura del “padrecito” Europa, que tiene que cuidar de sus satélites. “Ellos están por civilizar, por ello vienen aqui”. Esto da una situación internacional de subversión, de separación de “mundos culturales”, de relativización cultural que está separando el mundo en más de los “tres históricos”; a saber, primer mundo capitalista; segundo mundo comunista; tercer mundo paises no alineados. Ahora tenemos un mundo sudamericano, donde proliferan los populismos; un mundo occidental, hastiado y cansado de pensar, que hace honor a su epítote de Viejo Mundo, y que cierra fronteras frente al resto del mundo (ver el caso de Grecia ahora); un mundo islámico, que busca su identidad en mayor o menor medida en el fundamentalismo religioso; etc.

Pero he aqui un problema: estoy de acuerdo. No se me malinterprete. Estoy de acuerdo con la situación que nos muestran los analistas posmoderno (o de la posmodernidad). Veo que es cierto ese mundo que nos presenta Bauman, o Beck, o Lyotard, o cualquiera de ellos. Veo la posmodernidad buyendo en cada rincón de la sociedad en la que habito. Y eso me llena de desconsuelo. Ya quisiera yo retornar a esa Modernidad que culminó en Kant, y dejar atrás el idealismo trasnochado de Hegel, o el positivismo y el neokantismo de principios del s. XX, que también han hecho mucho daño. Salvar a Nietzsche, pero como crítico de la sociedad, y ver esas sospechas suyas como reformulaciones para una construcción mejor de la visión ilustrada. En realidad, todo lo dicho hasta ahora sobre Modernidad y Posmodernidad es válido y bueno de saberse; pero siempre desde el ojo crítico y racional, y en último término, practico para una mejor existencia del hombre sobre la Tierra.

Por ello tampoco veo un “vuelta a la Modernidad” como el paso propio y necesario en estos momentos. A decir verdad, la lectura de autores críticos con la Ilustración, que van desde Rousseau, Schiller, Nietzsche, Adorno y Horkheimer,  o Sartre, muestran que esta [la Ilustración], en su formulación original, cojeaba por muchos sitios, y que ha sido en muchos casos, cosificada, instrumentalizada, a fin de cuentas, malentendida. Por eso, en la teoría, todo es muy bonito, pero hay que ser conscientes, que si se quiere llegar a algún lado, tanta bonita teoría debe ser adecuada a la realidad del mundo. Descriptores y formuladores tienen pues una tarea conjunta muy importante. Los que ahora pretenden volver a la Modernidad íntegra, se van a ver impedidos por un irracionalismo (en el buen sentido, si es que lo tiene) que habla de emociones humanas, sentimientos, pasiones, y casi que de un substrato que va más allá de toda cultura humana, como es el principio biológico del hombre, que no somos sólo razón. Y el desfalco que están llevando los posmodernos a cabo contra el patrimonio cultural moderno es inconcebible, minando los fundamentos de la democracia (por ejemplo) a golpe de relativismo, y acabando con la identidad del hombre construida con siglos de pensamiento a base de absurdo nihilismo, que no lleva a ningún lado (si por lo menos dieran opciones constructivas…).

Hay que hacer síntesis y construir algo nuevo, y aunque me pese, llegar a la superación dialéctica de la situación, la síntesis que aune todo lo bueno que nos da la tradición y lo nuevo. Ya ocurrió con la Querella entre Antiguos y Modernos durante la Edad Media. Estamos en otro punto de inflexión. Por ahora, y no digo tampoco de volver a la Antiguedad Clásica, deberíamos hacerle un poco de caso a lo que decía “el filósofo”, para un sano equilibrio intelectual, lo mejor es el justo medio, la templanza, la prudencia; y en el mundo actual, una visión clara libre de prejuicios y un espíritu crítico dispuesto a juzgar incluso a sí mismo.

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